UNA ESPECIE EN PELIGRO DE EXTINCIÓN.

En estas últimas fechas se habla mucho sobre la regeneración democrática, la regeneración política y otras regeneraciones necesarias dentro de un sistema democrático que parece haber pasado a mejor vida, o que tal vez nunca formó parte de nuestras vidas y quedó en un simple documento institucional de buenas intenciones. Pero olvidamos que para que ese engranaje de la maquinaria democrática funcione correctamente, debe existir una regeneración social y una profunda regeneración de las personas.

Francisco y yo hemos pasado un mes a las puertas del Banco Santander en Paseo de Gracia de Barcelona, a escasos metros de la Plaza de Cataluña, donde todavía flotan en el aire esos sentimientos de indignación que han dejado miles de personas que ocuparon esa y otras plazas de nuestro país, y que siguen su lucha fuera de las mismas trasladándose a barrios y organizando acciones concretas, que no solamente den continuidad a este esperanzador movimiento, sino que consigan despertar conciencias en una ciudadanía que muy difícilmente se percata de lo que está ocurriendo en nuestra sociedad, ya que viven aislados en su mundo superfluo y egoísta.

Algo está cambiando, sí. Algo cambia en paralelo a toda esta iniciativa del 15 M, y es el incremento de irracionalidad y la mayor indiferencia con la que una inmensa mayoría de ciudadanos han decidido hacer frente a las dificultades que atravesamos, amén de la mayor ausencia de actitudes fundamentales que históricamente han definido a la especie humana, sentimientos como el amor, la solidaridad y el sentido de la justicia, quien tal vez no debería ser representada con la balanza y una venda en los ojos, ya que esa venda es la que muchos de nosotros nos ponemos a la hora de mirarla.

En uno de mis anteriores escritos os comunicaba que el Paseo de Gracia se convirtió durante los largos meses que estuve a las puertas del Santander, en uno de los mejores observatorios sociales y antropológicos, donde estudiar el comportamiento humano y la respuesta de las personas ante los problemas que sufre esta sociedad. Y no solamente eso, como diría mi amigo Javier Santana, el pequeño espacio urbano que estuvimos ocupando durante mi huelga de hambre, junto a centenares de personas que me acompañaban en diferentes momentos y se solidarizaban con mi lucha, se convirtió durante ese tiempo en el mayor tramo democrático de ese Paseo de Gracia, justo a la salida de una de las mayores entidades bancarias que han creado con su terrorismo financiero una dictadura sin precedentes en este país.

Ante nosotros han desfilado estos días decenas de miles de transeúntes, entre los cuales predominan de manera aplastante los “autómatas” (personas que parecen no ver ni sentir, y que han olvidado de una forma tan peligrosa su solidaridad que ponen en riesgo de extinción a toda la especie humana). Posiblemente sea muy descarnado el comentario que hago, pero es que ya no es indignación lo que siento, sino rabia e impotencia al comprobar la escasez con la que aparecen las personas de entre ese gran rebaño de cómplices de una deleznable inmoralidad que gobierna nuestra sociedad y nuestras vidas.

Hace más de medio millón de años vivió en Atapuerca (Burgos) un anciano que sufrió cierto grado de minusvalía locomotriz, causada por importantes enfermedades degenerativas que le aquejaron mucho tiempo antes de morir, con más de 45 años de edad. A esta conclusión llegó un grupo de paleontólogos del Equipo de Investigación de Atapuerca (EIA), que estudió un esqueleto fósil parcial de un corpulento varón.

El texto revela asimismo que este anciano discapacitado, antepasado de los neandertales, tuvo que haber necesitado de una atención especial para poder sobrevivir, pues las enfermedades que padecía tuvieron seguramente manifestaciones posturales y dolorosas en las zonas lumbar y pélvica que le obligarían a adoptar una posición encorvada y, quizás, a usar un báculo para mantenerse erguido. Por ello, este individuo probablemente estaría impedido para cazar, entre otras actividades.

El valor y la lucha, son elementos que hacen grandes a las personas en los momentos más difíciles, momentos en que muchos ciudadanos precisan de una ayuda, no solamente económica, principalmente emocional. La humanidad ha de caracterizarse por su condición de sensibilidad ante los atropellos que sufren los seres que la formamos, independientemente de que esos problemas no les afecten personalmente a ellos sino a sus semejantes. Posiblemente sean ciertos los datos de que casi un 30% de la población española raya o supera el umbral de la pobreza, pero es asqueroso ver y sentir la indiferencia con la que vive ese 70% restante de habitantes que no se preocupan lo más mínimo por las personas que están sufriendo. Posiblemente no sean conscientes de que todos formamos parte de un mismo círculo en el que van cambiando las tornas y se van fundiendo etapas a medida que rueda, posiblemente no sean conscientes de que en ese ecosistema existen unos recursos limitados, y para que ellos disfruten de su provisional y falsa situación de acomodo, otros tienen que ver cómo sus cadenas se restringen y les ahogan.

Algo tiene que pasar para que las personas entendamos que es imprescindible recuperar nuestra esencia humanitaria, por muy escondidos y olvidados que esos ingredientes estén en nuestro interior. Algo tiene que pasar para que la razón y la justicia impere sobre la insensatez y el egoísmo, sobre la estúpida apariencia que pretendemos ofrecer a nuestro entorno, sobre el mayor daño que provocamos, si cabe, a las personas que ya sufren, porque de lo contrario, esa minoría creciente de ciudadanos va a explotar, y con ellos se van a derribar los falsos pilares de las apariencias que dan forma a un concepto de vida totalmente erróneo.

Gritos que reclamaban estos días la defensa de unos derechos humanos, han dejado afónicas las gargantas que los lanzaban. Gritos de desesperación para salvar una vida humana se apagaban estos días en el Paseo de Gracia de Barcelona, ante la masiva indiferencia de las gentes que lo recorrían. Hoy Juan Pedro, seguirá contando con el apoyo y amor incondicional de una familia que no lo abandona. Hoy Juan Pedro recibirá una doble alegría, la de un padre que regresa a su lado tras ver frustrados sus intentos de buscar apoyo para salvarle la vida, y la alegría de no poder ver la complicidad con la que toda una sociedad le niega la oportunidad a disfrutar con dignidad sus últimas luces de vida.

José Luis Burgos.

Días de lucha, solidaridad y humanidad.

Después de haber pasado un mes completo con José Luis y su familia, hoy 5 de julio, regreso a Jaén para reunirme de nuevo con mis hijos y con mis nietos. Me voy dejando un trozo mío en este hogar, en el cual se me ha tratado tan bien… han sido tan amables, tan humanos y tan buena gente que han conseguido que me haya integrado como uno más de la familia. Con palabras no se puede expresar todo el cariño que he recibido por parte de todos sus integrantes.

Mi más sincero agradecimiento a José Luis, Elisabeth, Laura y Marc. Un abrazo muy fuerte para todos. Sobre todo a José Luis, que ha sido el que me ha embarcado en esta situación tan gratificante para mi, dándome a conocer a tanta y tanta gente con una enorme calidad humana y solidarios con los problemas de los demás.

No puedo olvidarme de mi hijo, pero ellos consiguen inyectarme tal vigor mental, que se que todo esto que estoy haciendo lo percibe Juan Pedro, y por supuesto, está de acuerdo con ello.

Los días que hemos estado en Paseo de Gracia, a las puertas del infierno del Santander, han sido duros. Por un lado percibes directamente la indiferencia de una gran mayoría de gente, pero como contrapartida hay una minoría que te reconcilia con el género humano. Una minoría que te transmite los valores verdaderos: solidaridad y humanidad. Han sido muchos los que se han acercado dándome ánimos, mencionando a Juan Pedro constantemente, sin conocerlo, y deseando que la situación llegue a buen puerto.

Me han dado una moral enorme, gente a la que quiero dar las gracias más sinceras que yo haya dado jamás. Entre ellos destacaría a varias personas, en especial a Jordi, Ana, Zoraida, Carlos y otros muchos de los cuales no recuerdo el nombre. Tampoco quiero olvidar a mi gran amigo Bartolo, que me ha transmitido en la distancia su apoyo incondicional y ese calor familiar de mi tierra.

Un abrazo muy fuerte para todos los indignados, en especial para todos los que se han acercado a saludarnos y darnos su apoyo. Posiblemente nos veamos pronto.

Fuerza, salud y muchos ánimos en la lucha para todos.

Francisco Cañas (Padre de Juan Pedro)

Después de la utopía. Entrevista Antoni Domènech / Daniel Raventós.

La revista cuatrimestral del Círculo de Bellas Artes de Madrid, Minerva, entrevistó en mayo a Antoni Domènech y Daniel Raventós. Reproducimos esta entrevista, realizada por Esther Ramón y cuya redacción final hizo Carolina del Olmo, que se publicó en el número 15 de Minerva correspondiente al último cuatrimestre de 2010.

Antoni Domènech y Daniel Raventós, colaboradores habituales en distintos proyectos académicos, editoriales y políticos, son dos voces clave en la crítica de las ciencias sociales contemporáneas. Raventós –profesor titular en la Facultad de Economía de la Universidad de Barcelona, presidente de la Red Renta Básica y miembro del Consejo Asesor de ATTAC– es conocido particularmente por sus trabajos en torno a la renta ciudadana universal. Domènech, catedrático de Filosofía de las Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona, es uno de los más importantes filósofos políticos de nuestro país. Ambos son fundadores de la revista Sin Permiso.

Utopía y catástrofe

Domènech: La historia de las utopías modernas muestra que estas suelen aparecer en momentos catastróficos, de derrota. Sin ir más lejos, la Utopía de Tomás Moro es en buena medida una reacción al desastre de la conquista de América: Rafael Hytlodeo es un portugués que le cuenta a Moro lo felices que vivían los indios hasta la llegada de los invasores. Además, el primer libro de la Utopía de Moro analiza con mucho detalle la catástrofe que supuso la destrucción de los bienes comunes en la Inglaterra de comienzos del siglo XVI. Del mismo modo, el llamado “socialismo utópico” es una reacción a la contrarrevolución, a la catástrofe política que supuso para los movimientos populares la derrota de Robespierre. Precisamente, la eclosión del socialismo no utópico, el marxismo y el anarquismo, se produce cuando el movimiento obrero retoma la iniciativa. En ocasiones, las utopías pueden proponer reflexiones interesantes, críticas y lúcidas, como es el caso de William Morris o Diderot, pero a menudo resultan muy reaccionarias. Por supuesto, no hay nada más despótico que la República de Platón. Pero también, a pesar de lo que a menudo se dice, Tomás Moro era profundamente conservador. En Utopía había esclavos públicos, muchos de ellos emigrantes pobres que se esclavizan voluntariamente, un patrioterismo feroz… En general, la utopía se asocia a una derrota mal aceptada, a una huida de la realidad que tiene un componente autoritario. Las utopías suelen estar más preocupadas por la armonía y la felicidad que por la libertad, al contrario que los movimientos revolucionarios reales.

Neoliberalismo y utopía

Raventós: Si pervive una utopía particularmente poderosa, esa es la liberal. De todo el programa neoliberal que se puso en marcha hace unos treinta años no se ha cumplido prácticamente nada; por eso es, en sentido estricto, una utopía reaccionaria, que logró convencer en un momento determinado a buena parte de la sociedad gracias a un aparato de propaganda muy eficaz. ¿Cuánta izquierda no se ha dejado seducir por las grandes proclamas neoliberales? Por ejemplo, nunca se llevó a cabo ninguna reconversión industrial tan brutal como la que pusieron en marcha los gobiernos de Felipe González.

Es importante no subestimar la impresionante elocuencia y capacidad de militancia de algunos neoliberales para resucitar una teoría que después de la Segunda Guerra Mundial había quedado arrinconada por el keynesianismo. John Kenneth Galbraith en su Historia de la economía, que escribe en el momento en que Reagan gana sus primeras elecciones, se muestra perplejo del retorno de lo que él llama la “economía neoclásica”. Pero también es cierto que este proceso implicó una estrategia deliberada de manipulación en la que desempeñaron un papel protagonista los medios de comunicación. La destrucción de los sindicatos y el tejido social en beneficio de la mercantilización generalizada requiere una intervención administrativa a enorme escala que, cuando la resistencia es muy fuerte, se convierte en una liberalizaciónmanu militari, como sucedió en Chile y en Argentina. Precisamente hace poco acaban de detener en Argentina por genocida a Martínez de la Hoz, el gran ministro neoliberal de economía de Videla, un auténtico “chico de Chicago”. También existen procesos de influencia directa, por decirlo así. La cantidad de dinero que se mueve en el mercadeo político de Washington o Bruselas es impresionante. El Tribunal Constitucional norteamericano ha permitido recientemente que las empresas de ese país den todo el dinero que les de la gana a los candidatos electorales, una decisión que muchos, desde el presidente Obama a Noam Chomsky, han considerado un golpe mortal a la democracia.

Domènech: El neoliberalismo puede considerarse una utopía en el sentido de que constituye una auténtica huida de la realidad. La idea de que la expansión de los mercados financieros ha supuesto un retroceso del Estado es sencillamente imaginaria. A estas alturas debería ser obvio que la crisis económica actual es en buena medida el resultado de una política activa de inflación de activos financieros e inmobiliarios por parte de la reserva federal estadounidense y los bancos centrales de muchos países. Y, tras el estallido de la burbuja, la intervención ha sido de nuevo masiva: la inyección de dinero del gobierno de Estados Unidos en la economía real ronda los cuatro billones de dólares, casi cuatro veces el producto interior bruto de España y, en dólares constantes, el mismo coste de la intervención estadounidense en la Segunda Guerra Mundial.

La desregulación de los mercados es un mal chiste. Lo que tenemos son unos mercados profundamente intervenidos en favor de los intereses de rentistas financieros e inmobiliarios en guerra pugnaz con el movimiento obrero organizado y, de un modo más descuidado, con el capital productivo real. La globalización es la venganza de los rentistas, que habían sido contenidos por las políticas reformistas keynesianas de la coalición antifascista de la Segunda Guerra Mundial. El problema es que las élites que nos gobiernan se han creído sus propias mentiras hasta tal punto que han dejado de entender cómo funciona el capitalismo real. Las cuatro semanas agónicas que vivió Grecia hasta que intervino el Banco Central Europeo fueron descabelladas. Cualquier persona que tuviera unas mínimas nociones de macroeconomía sabía que la quiebra de Grecia era inadmisible y que la manera de rescatar su economía pasaba por comprar deuda pública griega. Se tardó tanto en tomar esta decisión no sólo por intereses electorales regionales de la señora Merkel, sino porque la Comisión Europea y los ministros de finanzas europeos no acaban de entender cómo funciona el mundo. Es para acordarse del rey Lear: «Sino de nuestros tiempos es que los ciegos guíen a los locos».

La utopización sobrevenida

Domènech: En las últimas décadas hemos asistido a un desplazamiento hacia la derecha del centro de gravedad del sentido común político. A finales de los años sesenta, cuando estaba estudiando en Alemania, presencié un debate en la televisión pública entre Kurt Kiesinger y Willy Brandt. En determinado momento, Brandt acusó a Kiesinger de querer autorizar las televisiones privadas. Este último puso el grito en el cielo: la democracia cristiana jamás permitiría la existencia de televisiones privadas, dijo, eso sería la muerte de la democracia de la República Federal… Imaginaos lo que pasaría si alguien dijera hoy que las televisiones privadas son problemáticas, como poco se le acusaría de autoritarismo terminal. En aquello años existía un consenso en torno a unos puntos mínimos que hoy se ha roto. En la televisión pública de Cataluña, donde hay un gobierno de coalición de izquierdas, los tertulianos invitados oscilan entre la extrema derecha y el centro, el centro izquierda está sencillamente excluido. Las reformas más elementales y factibles, realizadas mil veces entre 1937 y 1975, ahora parecerían utópicas, irrealizables o peligrosamente totalitarias. Esto ha destruido ideológicamente a la izquierda. La tasa de sindicalización en todo el mundo ha bajado a menos de la mitad en treinta años. El movimiento popular ha sido desvertebrado, desorganizado y eso explica que tengamos una izquierda que, por un lado, parece utópica (porque cualquier cosa parece utópica) y, por otro, reacciona enquistándose sectariamente. Como explicó Rosa Luxemburgo, sin reforma no hay revolución. Y viceversa: para hacer buena reforma necesitas amenazar con algo. Necesitamos recuperar ese tipo de dialéctica.

Raventós: No se trata sólo de cuestiones ideológicas. Las políticas públicas relacionadas con la redistribución de las rentas consideradas normales hace apenas tres décadas son hoy impensables. Durante los Treinta Gloriosos [1945-1973], los tipos impositivos para los más ricos llegaron a estar en el 91% en Estados Unidos. Las rentas superiores a los doscientos mil dólares tributaban –bajo un presidente de derechas como Eisenhower– al 93 %. Y eso ocurría en una época en la que no existían los instrumentos de evasión fiscal actuales. Estamos hablando de la época anterior a la ruptura de Nixon con Breton Woods en 1971, que desancló el dólar, levantó el control de los movimientos de capitales y permitió el retorno al capitalismo anterior a la Segunda Guerra Mundial. Hoy, a efectos prácticos, con los correspondientes y abundantes descuentos, la tributación de las grandes fortunas viene a rondar el 20% y, si son beneficios del capital, el 15%. Actualmente, en el Reino de España, las SICAV, cómodo y legalísimo refugio de las grandes fortunas, tributan al 1%. La normativa que permite semejante barbaridad se aprobó en España con todos los votos parlamentarios menos los de Izquierda Unida. Así que no es sólo que si hoy alguien propusiera recuperar las propuestas de la derecha norteamericana de los años sesenta sería tachado de demente bolchevique, sino que se oculta sistemáticamente esta realidad. Es impresionante el velo de silencio que ha cubierto este asunto.

Domènech: Hay que insistir en que la globalización no es un fenómeno nuevo relacionado con el multiculturalismo e Internet, sino el sistema social dominante hasta la Segunda Guerra Mundial. La reforma del capitalismo de Roosevelt y la izquierda burguesa consistió en una desmundialización de la economía que introdujo controles en los movimientos de capital, ese es el núcleo del keynesianismo. Sólo así fue posible la política socialdemócrata de la década de los cincuenta y sesenta, con unos sindicatos fuertes –capaces de obligar a la patronal a sentarse a negociar porque no podía mover los capitales a su antojo– y constituciones como la alemana o la italiana, que brindaron a los trabajadores derechos que hubieran parecido increíbles en los años veinte. Cuando desapareció la posibilidad de controlar los movimientos del capital se creó lo que Keynes llamaba un “parlamento virtual” donde los mercados financieros votan y su voto cuenta más que el de los parlamentos políticos. En ese contexto, que es el nuestro, el populismo de derechas puede arrasar, como está ocurriendo en Estados Unidos con el movimiento de los Tea Parties. El auge de esta nueva extrema derecha populista se explica por la impotencia de Obama frente a los mercados financieros. Y no hay que olvidar que los asesores económicos de Obama son el equipo de halcones que llevó a la destrucción la Rusia de Yeltsin.

No obstante, hay fenómenos que nos permiten no ser completamente pesimistas. Por ejemplo, tras la quiebra de la economía islandesa, el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea pusieron unas condiciones de rescate muy duras que el Parlamento de Islandia aceptó. Pero entonces hubo una gran manifestación de protesta exigiendo un referéndum. Se convocó el referéndum y las medidas fueron rechazadas por un 94% de los votantes. La sumisión al FMI no es la única opción. Por ejemplo, como ha propuesto Randall Wray, un país podría decir a sus deudores que les devolverá el dinero que les debe con títulos fiscales: no te puedo pagar lo que te debo, pero si inviertes en mi país, todos tus beneficios estarán exentos de impuestos. Lo impresionante es que estas medidas de sentido común quedan circunscritas a la discusión de pequeños círculos académicos. La vulgata es “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, “hay que apretarse el cinturón”… Auténticas idioteces. Yo suspendo a los estudiantes que dicen estas cosas y, sin embargo, es lo que los grandes “expertos” cuentan en todos los periódicos.

Alternativas

Domènech: Hay fenómenos poco visibles pero importantes que permiten imaginar transformaciones profundas perfectamente factibles. Por ejemplo, un parte significativa de la economía mundial funciona cooperativamente. Hay 800 millones de trabajadores que trabajan directamente o indirectamente en cooperativa, más del 10% de la población mundial. El trabajo asalariado es la minoría mayoritaria en el mundo, pero hay 1.600 millones de trabajadores no asalariados –entre cooperativistas, personas que trabajan en bienes comunales o en propiedades fundadas en el trabajo personal y esclavos–, y 1.000 millones de personas que simplemente están fuera de la economía mundial. El capitalismo no es, como creen los estructuralistas, una gran unidad funcional, sino una realidad histórica muy compleja.

En España tenemos un ejemplo paradigmático, como es la cooperativa Mondragón, la mayor del mundo, con más de 90.000 empleados. Los propietarios de esta empresa son los trabajadores. Hay empleados que no son propietarios, pero todos tienen la posibilidad de llegar a serlo, para ello tienen un banco propio que concede los créditos necesarios para convertirse en copropietario. De este modo, reciben dividendos, tienen voto en las asambleas, que funcionan democráticamente… El abanico salarial es de 5 o 6 a 1, pero son ratios que se pueden revisar en las asambleas. Es una realidad social económica que abundaría mucho más en Europa si no estuviera durísimamente castigada por las políticas económicas de los gobiernos. En el programa de un gobierno de izquierdas podría figurar el fomento de las cooperativas de trabajadores. No todo tiene por qué ser ayudas a las multinacionales…

Raventós: Otra alternativa factible es la renta básica. La renta básica es posible dentro del marco capitalista, como lo fue en su momento la asistencia sanitaria universal. Los que creen que la renta básica es una medida que, de suyo, puede acabar con el capitalismo o bien no entienden cómo funciona el capitalismo o, en todo caso, dan una importancia a la renta básica que no tiene. Pero eso sí, con una renta básica el capitalismo sería muy diferente del que conocemos. No sólo porque cubriría las necesidades básicas y aseguraría el traspaso del umbral de la pobreza. Tan importante como la posible mejora en las condiciones materiales es el aumento del poder de negociación de los trabajadores que supondría. La renta básica, al menos en mi forma de entenderla, es una opción social y económica que supone la intervención del mercado. El mercado, contra lo que se acostumbra a suponer muy precipitadamente, siempre ha estado intervenido. La diferencia entre partidarios de los ricos y de los pobres, para decirlo de forma simplificada, no es que los primeros defiendan el mercado libre y los segundos quieran intervenirlo. La diferencia exacta es la siguiente: los primeros quieren intervenir el mercado para favorecer sus intereses y los segundos quieren intervenir el mercado para favorecer los suyos. Así que la renta básica, como decía, es una opción de política económica en defensa de la mayor parte de la población. No de la parte más rica. Exactamente lo contrario de lo que se ha venido haciendo a lo largo de los últimos treinta y cinco años, si atendemos a ingredientes centrales como la distribución de la renta que se ha producido en este tiempo. Un mero ejemplo, si en 1976 el 1% más rico de EE UU acaparaba el 9% de la renta nacional, en 2006 ya acumulaba el 20%. 2006 es justamente el año anterior a la crisis. Actualmente la desigualdad y la polarización son mayores. La crisis económica, provocada y ahora perfectamente aprovechada por los especuladores y banqueros, está haciendo estragos entre las clases populares.

Domenech: Soy bastante escéptico respecto a las políticas “alterglobalizadoras” que hoy ocupan a buena parte de la izquierda. Creo que, por lo pronto, hay que desandar buena parte de lo andado, enderezar la economía y recuperar la soberanía popular controlando los movimientos de capitales. Hay que hacer una amplia coalición que destruya la élite rentista que se ha apoderado de la dinámica económica del mundo y que nos ha llevado a la catástrofe. Porque, es importante que lo tengamos presente, lo que vemos es la punta de un iceberg que se ha consolidado a lo largo de los últimos treinta años y que incluye también un enorme aumento de la pobreza en todo el mundo o la destrucción masiva de los ecosistemas. La situación actual ya la conocemos, este es el capitalismo desbridado de la Belle Époque. Tenemos conocimientos muy elaborados para saber cómo se pueden hacer reformas, lo que falta es voluntad política para emprenderlas y, sobre todo, un gran movimiento social como el que sí existía en los años treinta.

Arrebato social en Francia.

Ignacio Ramonet – Consejo Científico de ATTAC España.

No es una sorpresa. Desde hace más de dos siglos, la protesta está en el código genético político de la sociedad francesa. Además de ser derechos constitucionales, la manifestación callejera y la huelga constituyen modos naturales de ejercer la plena ciudadanía. Cada nueva generación considera que participar en los cíclicos arrebatos de cólera social es un rito de paso para acceder a la mayoría de edad democrática.

Esta vez, el detonante de la crisis ha sido el presidente francés. Desacreditado y enfangado en varios hediondos escándalos, obcecado por el FMI y las agencias de calificación, Nicolas Sarkozy se muestra sordo a las quejas del pueblo y pretende demoler una de las joyas principales del Estado de bienestar: el derecho a jubilarse a los 60 años.

Conquistado tras decenios de enfrentamientos, este avance social es percibido, en el imaginario colectivo, como un totem intocable. Sarkozy -que, en 2008, prometió respetarlo- ha subestimado el apego de los ciudadanos a ese derecho. Y aprovechando el choque causado por la crisis, desea imponer una reforma que retrasa la edad legal de jubilación de los 60 a los 62 años, amplía el periodo de pago de cotizaciones a 41,5 años y retrasa la edad para cobrar una pensión completa de los 65 a los 67 años.

Algunos creen que, en realidad, Sarkozy quiere romper el régimen público de jubilación por repartición, basado en la solidaridad entre las generaciones, y sustituirlo por un régimen privado que representaría un mercado de entre 40.000 y 100.000 millones de euros. Denuncian que la compañía de seguros que más se beneficiaría de ello es el grupo Malakoff Médéric cuyo consejero delegado es… Guillaume Sarkozy, el hermano del Presidente.

La reacción de los principales sindicatos es unánime. Sin rechazarla en totalidad, reclaman modificaciones argumentando que el coste de la reforma recaerá esencialmente sobre los asalariados, vapuleados ya por la crisis, y que ello agravará las desigualdades. Organizaron varias jornadas de movilización antes del verano. Pero el Gobierno, en una actitud prepotente, mantuvo su rechazo de negociar.

Grave error. Con la vuelta al trabajo, en septiembre, se reunieron asambleas generales en centenares de empresas y administraciones. Los asalariados confirmaron su decisión de no dar “ni un paso atrás”. Convencidos que si se cedía en algo tan sagrado como la jubilación a los 60 años, se les vendría encima una avalancha de nuevos recortes en la Seguridad Social, la sanidad, la educación y los servicios públicos.

Estas asambleas demostraron que las direcciones sindicales eran mucho menos radicales que sus bases exasperadas por los constantes retrocesos sociales. Inmediatamente, regueros de acciones colectivas se extendieron por todo el país; millones de personas se echaron a la calle; la huelga popular prolongada entorpeció el funcionamiento de los transportes; algunas ciudades, como Marsella, quedaron paralizadas… A medida que se repiten las jornadas de acción, nuevas categorías sociales se van sumando a una protesta que adopta expresiones inéditas.

Lo más original es el bloqueo de las refinerías y los depósitos de carburante. Lo más notable es la masiva incorporación de los estudiantes de secundaria. Algunos imaginaban a esta “generación Facebook” ensimismada y autista, pero su energía contestataria reveló su angustia frente al derrumbe del futuro… Y su temor a que, por vez primera desde 1945, si nada cambia, le toque vivir en peores condiciones que sus padres. El nuevo modelo neoliberal destroza el ascensor social…

La protesta cristaliza un malestar social profundo y una suma de descontentos acumulados: desempleo, precariedad, pobreza (hay ocho millones de pobres), dureza de la vida diaria… Ya no es sólo un asunto de pensiones sino una batalla por otro modelo social.

Lo más significativo es el apoyo popular, entre el 60% y el 70% de los franceses aprueba la protesta. Nadie acaba de entender cómo la Francia arruinada de 1945 pudo costear el Estado de bienestar, y la Francia de hoy, quinta potencia económica mundial, es incapaz de hacerlo. Nunca ha habido tanta riqueza. Los cinco principales bancos franceses obtuvieron, en 2009, unas ganancias de 11.000 millones de euros. Y las cuarenta principales empresas obtuvieron, ese mismo año, beneficios de 47.000 millones de euros…. ¿Por qué no gravar, en provecho de los pensionistas, tan cuantiosos capitales? La Comisión Europea estima que una pequeña tasa sobre las transacciones financieras aportaría al conjunto de los Estados de la Unión Europea, cada año, entre 145.000 y 372.000 millones de euros… Más que suficiente para pagar el aumento de los sistemas de pensiones.

Pero el dogma neoliberal exige que se exonere el capital y se ajusten más los salarios. De ahí el pulso actual en Francia. La sensación general es que ninguno de los dos antagonistas puede transigir. Las organizaciones sindicales, empujadas por una corriente de radicalización, siguen unidas después de varios meses de ofensiva. Ceder constituiría un fracaso semejante al de los mineros británicos en 1985 frente a Margaret Thatcher. Lo que significó el fin de la resistencia obrera en el Reino Unido y abrió la puerta a las “terapias de choque” ultraliberales.

Nicolas Sarkozy cuenta con el apoyo de la Unión Europea (1), del FMI, de la banca y del empresariado europeo(2) temeroso de que la “chispa francesa” incendie la pradera social del continente. El abandono de su reforma le condenaría a la derrota electoral en 2012.

La historia social francesa enseña que cuando una protesta ha ido tan lejos como la actual, jamás se ha desinflado. Siempre ha vencido.

Notas:

(1) El Consejo Europeo, en Barcelona, en marzo de 2002, recomendó: “Para 2010 deberá intentarse elevar progresivamente en torno a cinco años la edad media en que se produzca el cese efectivo de actividad de las personas en la Unión Europea”.

(2) En España, el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, defiende como “imprescindible y aconsejable”, la subida de “la edad de jubilación a los 70 años”. Añade que “los asalariados deben trabajar más y, desgraciadamente, ganar menos”. Pide ampliar el periodo de cálculo de la pensión a “toda la vida laboral”, y que los ciudadanos se hagan “pensiones privadas”. Europa Press, 26 de julio de 2010 y ABC, Madrid, 15 de octubre de 2010.

Artículo publicado en Le Monde Diplomatique

La pieza que falta: políticas tras el 29-S.

Pese a las movilizaciones en Europa y el relativo éxito de la huelga general del 29-S, no se vislumbran cambios en las políticas económicas ni del Gobierno español ni de la UE.

El éxito de la movilización del pasado 29-S se arriesga a empantanarse en la arena política. A diferencia de Francia, donde una serie de huelgas sostiene la creciente ola de movilizaciones contra los ataques de Sarkozy, aquí parece que la huelga haya consumido toda la combatividad de CC OO y UGT.

Tras el 29-S, el silencio. El otoño caliente que nos prometían parece que no pasará de octubre y ya se nos ha echado encima un crudo invierno de recetas neoliberales. Y mientras que en Francia van a por la octava, aquí parece que tendremos que ver cómo el PSOE completa su giro neoliberal prácticamente sin oposición, retardando la jubilación a los 67 años y ampliando el cálculo de las pensiones de 15 a 20 –bajada efectiva de un 5,54% en las pensiones resultantes–.

Sin embargo, aquí como allá, una misma política provoca rechazo: otra vuelta de tuerca neoliberal a la que la izquierda gestionaria, desde el PSOE a las grandes centrales sindicales pasando por la izquierda subalterna (IU-ICV, ERC, BNG, etc.), no sabe –o, peor aún, no quiere– dar respuesta ni batalla. Ciertamente, en Francia esta izquierda claudicante y claudicada puede sumarse a las luchas con la misma facilidad con que la izquierda que nos gobierna se incorporó en su día contra la LOU, el Prestige o la Guerra. La pregunta, no obstante, no es quién nos causa el mal, sino cómo nos defendemos de esta izquierda que acepta el papel de alternante en el turnismo neoliberal.

Antes de nada urge comprender la naturaleza de la crisis, la manera en que afecta al trabajo al tiempo que afirma el mando del capital. Desde que a principios de los ‘80 el neoliberalismo emprendiese la estrategia de readaptación del mando al desafío de la ola de movilizaciones de los ‘60 y ‘70, hemos asistido a una lenta agonía de una modalidad de trabajo; un trabajo que había sido constitucionalizado tras la segunda postguerra mundial por medio del ‘wellfarismo’ y la acción social concertada –la negociación colectiva que implicaba en el mando a las grandes agencias del trabajo: las centrales sindicales–.

Modelo productivo.

En el caso de las dictaduras del Mediterráneo sólo en la segunda mitad de los ‘70 se produjo esta incorporación al capitalismo europeo occidental. El crecimiento de las últimas décadas, sin embargo, no modificó sustantivamente el modelo productivo. Turismo y construcción, sabido es, han sostenido el crecimiento en un país que liquidó industrias enteras o las vendió a los socios europeos en la firme convicción de que el proceso de unificación económica europea revertiría en beneficio propio.

Los tiempos del europeísmo pasaron y el repliegue sobre los Estados nacionales se dejó notar, si bien no en la variante de un europeísmo de clase, sino más bien de reacciones resistencialistas y defensivas a la manera del “no” francés al Tratado de Constitución Europea. Sintomáticamente, ha sido la extrema derecha y no la extrema izquierda quien ha acabado capitalizando la crisis del proyecto europeo. No defendemos con esto el TCE, claro está.

Pero a juzgar por lo sucedido –sobre todo desde la crisis– tampoco parece que la estrategia centrada en la defensa de la estructura interna del trabajo tardofordista y sus modelos organizativos hayan servido para cambiar las tornas. De acuerdo con distintas corrientes teóricas –escuela de la regulación, ‘neoschumpeterianos’, ‘postoperaistas’, etc.–, el tránsito al postfordismo comporta diferentes procesos que afectan a la composición social del trabajo –desterritorialización, inmaterialización, etc.–. En el postfordismo, las instituciones del fordismo –partido obrero, sindicatos, etc.– se han quedado desfasadas. A ello contribuye tanto el éxito –histórico– del movimiento obrero como la ausencia de reflexión teórica crítica. Y es que el éxito dificulta la autocrítica.

No es extraño escuchar en nuestros días apologías de la socialdemocracia como si ésta no hubiera sido liquidada por el social-liberalismo. En vano los herederos del eurocomunismo se emocionan con Die Linke y la posibilidad de ocupar el espacio socialdemócrata –en un notorio desconocimiento de la política alemana, por cierto–. Tampoco sorprende escuchar a anarquistas, trotskistas e independentistas, ideologemas como la necesidad de repetir el modelo insurreccionalista, la organización leninista o los movimientos de liberación nacional, como si su éxito otrora fuera una garantía de futuro. La Historia se repite como farsa.

Autonomía, no autoexclusión.

Pero si la izquierda tradicional no da para grandes esperanzas, por parte de una cierta autonomía la cosa no está mucho mejor: la confusión de autonomía con negación, como si ambas fuesen una misma cosa, es muy frecuente entre activistas de todo tipo. Nos encontramos así que, aunque no falta quien entiende el desafío postfordista, acaba finalmente enrocado en posiciones pseudoautónomas, esto es, en posiciones determinadas, en rigor, por la propia heteronomía del capital desde el margen que la sociedad de la opulencia deja al antagonismo a fin de determinar su propia vulnerabilidad, sus necesidades de readaptación y riesgos efectivos en la implementación del neoliberalismo.

Llegado este punto la cosa se pone realmente complicada, porque la izquierda no parece que esté por refundarse en serio y el interfaz representativo del movimiento es la pieza que falta contra el neoliberalismo. Subvertir los viejos lugares ideológicos de la izquierda es una tarea primera, la desobediencia a sus repertorios para visibilizar las otras realidades del trabajo –a la manera, por ejemplo, del Moviment del 25–, una prioridad. Pero tampoco lo es menos pensar las maneras de influir sobre los partidos y sindicatos. El ejemplo del Tea Party y su presión sobre el Partido Republicano, con todas las salvedades debidas, muestra hasta qué punto la extrema derecha lleva ventaja.

Así las cosas, más nos valdría aprestarnos a organizar las herramientas que impidan las derivas neoliberales de las izquierdas y no a consumirnos en los partidos imposibles y derivas electoralistas. La ley electoral no está ahí para nada. Si no se dispone de capacidad para cambiarla hay que adaptarse. El municipalismo puede ser una herramienta en pequeños ayuntamientos, pero a escalas mayores radicalizar la democracia pasa por imponerse a las opciones presentes en las instituciones. El movimiento debe alcanzar su madurez. Esta se expresa hoy en entender los efectos de la maquinaria legislativa e influir sobre quien la hace funcionar.

Raimundo Viejo Viñas.

  • Profesor de la Universidad Pompeu Fabra.
  • Investigador del Instituto de Gobierno y Políticas Publicas de la Universidad Autónoma de Barcelona IGOP/UAB.

El mayor problema del gobierno socialista español y que los cambios de esta semana no resuelven.

LAS CAUSAS POLÍTICAS DE LA CRISIS ACTUAL: LAS POLÍTICAS ECONÓMICAS Y FISCALES DEL GOBIERNO AZNAR

Las derechas gobernaron España desde 1996 a 2004, plantando las bases para el desarrollo de la crisis económica y financiera actual. Bajo el mandato económico del Sr. Rato (que más tarde dirigió el Fondo Monetario Internacional), el gobierno Aznar implementó las políticas de reducción del gasto público, incluyendo gasto público social (iniciadas, por cierto, por el Sr. Solbes en 1993). Este gasto financiaba el escasamente desarrollado estado del bienestar, incluidas las transferencias (tales como las pensiones) y los servicios públicos del estado del bienestar (tales como sanidad, educación y servicios sociales, entre otros). Durante su mandato la tasa de crecimiento del gasto público social por habitante fue mucho más baja que la tasa de crecimiento de tal gasto en el promedio de la Unión Europea de los Quince, UE-15 (el grupo de países de semejante nivel de desarrollo económico al nuestro). De ahí que el déficit del gasto público social de España con el promedio de la UE-15 se disparara. Además de estas políticas de austeridad de gasto público, incluyendo el social, otras políticas llevadas a cabo por el gobierno PP (con el apoyo de la derecha catalana CiU) incluyeron la reducción de los impuestos y el aumento de su regresividad; la desregulación del suelo (que facilito la especulación inmobiliaria); la desregulación financiera (que facilitó el desempeño de las actividades especulativas de la banca y de las cajas); la reducción de las rentas del trabajo como porcentaje de la renta nacional total (que condujo al enorme crecimiento del endeudamiento de las familias) y otras políticas bien documentadas en mi libro “El subdesarrollo social de España. Causas y consecuencias” (Editorial Anagrama, 2006). Durante su mandato, el partido conservador neoliberal, presidido por el Sr. Aznar, no aprovechó el notable crecimiento de la economía española (mayor que el promedio de la UE-15) para corregir el enorme déficit de gasto público social que España tenía con el promedio de los países de la UE-15. En realidad, cuando el gobierno Aznar terminó su mandato (2004), el déficit de tal gasto per cápita era 2.243 euros estandarizados (euros modificados para hacer comparable su capacidad adquisitiva en países de distinto nivel de vida), mucho mayor que cuando comenzó su mandato en 1996, 1.784. Este dato da una clara imagen de la escasa sensibilidad social de las derechas españolas.

CÓMO EL LIBERALISMO (EN REALIDAD NEOLIBERALISMO) SE INTRODUCE EN LA CULTURA POLÍTICA SOCIALISTA

Ahora bien, el impacto, incluso más negativo que tuvo el gobierno Aznar es que, como antes había ocurrido con otros gobiernos conservador-neoliberales, uno en EEUU (Reagan) y otro en Gran Bretaña (Thatcher), el gobierno Aznar cambió los valores del establishment español (el conjunto de instituciones financieras, económicas, mediáticas y políticas que configuran la sabiduría convencional del país), pasando a dominar la cultura politico-mediática del país. El neoliberalismo pasó a ser la ideología dominante del establishment español. Esta fue su mayor victoria. De manera tal que afectó y transformó incluso al mayor partido de la oposición, el PSOE. El discurso de tal Partido cambió sustancialmente, y ello en parte debido a una visión extendida en el equipo del candidato a las elecciones primarias del 2004, José Luis Rodríguez Zapatero, de que había que “centrarse” y “modernizarse”, lo cual significaba abandonar no sólo muchos de los principios de la socialdemocracia, sino también, incluso, la narrativa de esta tradición política. En la presentación de su candidatura en el año 2004, Zapatero habló en varias ocasiones de las clases medias, pero nunca, ni una vez, de la clase trabajadora (supongo que por temor a parecer “anticuado”). Y su filosofía económica quedó reflejada en el libro del que fue su asesor económico Jordi Sevilla, “De nuevo socialismo”, (Editorial Crítica, 2006), en el que se hacían afirmaciones tales como que el Nuevo Socialismo no debía ni aumentar los impuestos, ni subir el gasto público (ello dicho y hecho en el país que tenía y continúa teniendo una de las cargas fiscales más bajas y el gasto público más bajo de la UE-15). De ahí el slogan que guió la política fiscal del más tarde Presidente Zapatero anunciando que bajar impuestos era ser de izquierdas.

Con esta filosofía, el déficit del gasto público social de España con el promedio de la UE-15 se conseguiría reducir primordialmente a base del crecimiento económico (en lugar de políticas fiscales redistributivas). En realidad, Miguel de Sebastián (procedente del sector bancario), que pasó a sustituir a Jordi Sevilla como el mayor asesor económico del Presidente, fue incluso más allá que Jordi Sevilla negando que fuera un objetivo de la política fiscal de un gobierno socialista redistribuir los recursos en España, limitando la función redistributiva al capítulo de gastos públicos, en lugar del capítulo de ingresos. Es más, añadía Miguel de Sebastián que “el estado, tal como propone el Partido Demócrata estadounidense debe ser un estado dinamizador frente a un estado del bienestar o asegurador”. Conozco bien el Partido Demócrata de EEUU (habiendo vivido en EEUU durante más de cuarenta años), y me preocupó enormemente que esta postura se transformara en la guía económica del gobierno socialista (ver mi capitulo “El modelo del Partido Demócrata como propuesta para las izquierdas españolas: debate con Miguel de Sebastián”, en el libro citado anteriormente El Subdesarrollo Social de España). Pero esta alarma se transformó en una enorme frustración cuando a Miguel de Sebastián le sucedió en la Dirección de la Oficina Económica de la Moncloa David Taguas (también procedente de la banca) que había llegado a favorecer la privatización completa de la Seguridad Social (tal como había hecho el General Pinochet en Chile). Más tarde, Zapatero nombró a otro neoliberal, Miguel Ángel Fernández Ordóñez como Gobernador del Banco de España. Estos nombramientos reflejaban una filosofía muy próxima a la Banca (el poder fáctico más poderoso existente en España), que auguraban malos tiempos para el socialismo español y para España.

Ni que decir tiene que la Nueva Vía (tal como se definió la sensibilidad política dentro del PSOE liderada por Zapatero) no era la única dentro del PSOE. Ya en las primarias, otras sensibilidades existían. Una, era la continuista del aparato de Ferraz, representada por José Bono, con un nacionalismo españolista jacobino que, de ganar, hubiera significado tensiones continuas con los socialismos periféricos (y muy en especial con el socialismo catalán). De ahí su escasísimo apoyo en Cataluña, donde el conservadurismo y nacionalismo españolista, insensible a la pluralidad de España, ha sido siempre muy impopular.

La otra sensibilidad eran las izquierdas que tenían a su vez varias identidades que, pese a la debilidad en el aparato de Ferraz, tenía amplios apoyos en las bases y muy en especial entre los sindicatos y movimientos sociales. Fue determinante para la victoria de Zapatero, pues le prestó su apoyo para parar a José Bono, el candidato más popular en el establishment y en el aparato del partido socialista español, pero menos entre las bases. Zapatero, sin embargo, cuando ganó las primarias y las elecciones, no incorporó a nadie de las izquierdas (excepto Cristina Narbona en el área ambiental), marginándolas en su equipo, lo cual no quiere decir que no influenciara las políticas sociales (la Ley de la Dependencia fue fruto de sus presiones). Pero su influencia en las áreas económicas fue nula. La mayoría del equipo económico, tanto en el Ministerio como en la Oficina Económica en la Moncloa, no eran ni siquiera miembros del PSOE y eran de sensibilidad neoliberal próxima a la Nueva Vía, e incluso más extrema. Solbes, que había iniciado las políticas de austeridad del gasto público social en el periodo 1993-1996 (cuando el gasto público social por habitante descendió incluso en términos absolutos) hizo suyo el objetivo de evitar el aumento del gasto público a través de políticas fiscales redistributivas (en unas declaraciones a El País, indicó que el éxito del cual estaba más orgulloso en su mandato era no haber subido el gasto público (22.07.09), desalentando la aprobación y/o expansión de derechos universales).

Según el credo de la Nueva Vía, el objetivo del socialismo era crear una igualdad de oportunidades para todos, facilitando el potencial que cada persona tiene, asegurándose de que el hijo de un trabajador no cualificado tuviera las mismas posibilidades en la vida que el hijo de un burgués (un objetivo que, al menos en teoría, lo suscriben la mayoría de tradiciones políticas, y no sólo la socialdemocracia). La característica definitoria de la socialdemocracia (socialismo en democracia) para alcanzar este objetivo había sido a través de políticas públicas redistributivas, incluyendo políticas fiscales progresivas. La socialdemocracia en Europa siempre sostuvo que no se puede conseguir la igualdad de oportunidades sin medidas redistributivas muy profundas. Al abandonar este principio, las propuestas del equipo económico se reducían prácticamente a proveer becas a las familias sin recursos, lo cual era necesario pero dramáticamente insuficiente.

Consecuencia de este marco teórico dentro del cual se movieron los equipos económicos del gobierno socialista, el gobierno Zapatero continuó las prácticas del gobierno Aznar, reduciendo los impuestos y aumentando su regresividad. Esta continua reducción de impuestos fue, sin embargo, la razón de que el déficit estructural del Estado aumentara considerablemente. Este déficit no se había detectado debido al elevado crecimiento económico, consecuencia primordialmente de la burbuja inmobiliaria, facilitada por las políticas neoliberales promovidas por el Banco de España cuyo gobernador, el Sr. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, nombrado por Zapatero, no sólo no vio venir (lo que varios economistas de izquierda sí vieron venir) la crisis, sino que con sus políticas estimuló su aparición. El nivel de incompetencia de tal Gobernador ha sido extraordinario, pues ha sido una de las autoridades más responsables de la crisis que España está sufriendo. La famosa frase de que la banca ha mostrado su gran solvencia gracias al Banco de España, no se sostiene en base a los datos. Solvencia no quiere decir que no haya bancos que se colapsen. Solvencia quiere decir que los bancos realizan su función de proveer crédito a empresas y ciudadanos. Y los bancos españoles son los que dificultan más el acceso al crédito en la UE-15. Hoy España está en el ojo del huracán financiero debido en gran parte a las políticas fiscales de los sucesivos gobiernos (Aznar-Zapatero) y monetarias y financieras (del Banco de España y del Banco Central Europeo).

EL AUMENTO DEL GASTO PÚBLICO SOCIAL: 2004-2008

El gobierno socialista durante este periodo cambió significativamente las prioridades presupuestarias, traduciendo una mayor sensibilidad social que la que había proyectado el gobierno conservador neoliberal del presidente Aznar. El gasto público social aumentó significativamente, en parte debido a la presión de las izquierdas, tanto dentro del gobierno (el equipo del Ministro de Trabajo dirigido por Luis Caldera) como fuera (IU, IC-V, ERC, BNG). Pero este crecimiento de gasto público social se basaba, tal como dije anteriormente, en el notable crecimiento del PIB más que en aumento de los impuestos y de su progresividad, siguiendo políticas redistributivas. En realidad se continuó la política fiscal de bajada de impuestos y aumento de su regresividad, que junto con las políticas del mismo signo seguidas por el gobierno Aznar, establecieron las bases para el déficit estructural del Estado español. Cuando el crecimiento económico dejó de existir, el déficit real del estado apareció en toda su intensidad. Es más, la regresividad del sistema fiscal explica que un descenso relativamente menor del PIB (uno de los más bajos de la UE-15) se tradujera en un disparo del déficit tan elevado, y ello como consecuencia de que la mayoría de los ingresos al estado proceden de las rentas sobre el trabajo. De ahí que cuando el empleo baja, se dispara el déficit público. Y ahí está la raíz del problema que el gobierno no se atreve a enfrentar, pues significa cambiar 180º las políticas económicas y fiscales que ha ido haciendo estos años y que las derechas continuarán si gobiernan de nuevo. Se requieren reformas, incluidas las fiscales, muy sustanciales que enfrentarían al gobierno con los poderes fácticos, incluida la banca. Entre estas medidas estaría el convertir las cajas en bancos públicos, tal como ha propuesto ATTAC.

Ni que decir tiene que este cambio de políticas (exigido por la exitosa Huelga General) es poco probable que se haga por el gobierno Zapatero, y ello no porque no existan alternativas (que las hay, y los sindicatos y las izquierdas, tanto dentro como fuera del PSOE, las han señalado con propuestas concretas, específicas y realizables), sino porque requiere un cambio muy sustancial del pensamiento económico del gobierno, rompiendo con la Nueva Vía y con el socioliberalismo. La composición del equipo económico (que hoy llega incluso a alabar a las propias agencias de valoración de bonos oponiéndose al establecimiento de una agencia europea de evaluación de bonos, presentándose como la mejor aliada –junto con el gobierno británico- del capital financiero) hace esta posibilidad imposible. Es el dominio del dogma sobre la razón.

Y ahí está el mayor problema de Zapatero. Su filosofía de Nueva Vía le ha hecho enormemente vulnerable al neoliberalismo promovido por el establishment europeo, aceptándolo como inevitable. De ahí la necesidad de movilizarse –tal como están haciendo los sindicatos- no sólo para hacer cambiar estas políticas que nos están llevando al desastre, sino incluso más importante, para salvar la democracia en España, pues es inaceptable que hoy el gobierno español, haga lo que el gobierno Aznar hizo antes, imponer políticas impopulares utilizando el argumento de la inevitabilidad de las medidas, refiriéndose ahora a las exigencias de los mercados financieros como antes Aznar se refirió a la necesaria integración de España a la Unión Europea y a la Eurozona. La evidencia ha mostrado que España podría haberse integrado en la UE y en la Eurozona de otra manera (subiendo, por ejemplo, los impuestos, en lugar de bajarlos). Hoy, el mayor problema que tiene España es el elevado desempleo y escaso crecimiento, no el elevado déficit. El equipo económico de Zapatero considera este último el objetivo prioritario. No sólo no lo es, sino que el intento de reducirlo intensamente a base de reducir el gasto público está dañando la economía española.

EL FALSO DEBATE SOBRE EL POST-ZAPATERISMO

Una última observación: una de las características que me impresionó más desfavorablemente de la cultura política y mediática española cuando volví de mi largo exilio, fue la definición de corrientes y sensibilidades políticas por el nombre de las figuras política a las que se atribuía la capacidad de representarlas. Aparecían, así, expresiones como guerristas, borrellistas, zapateristas, bonistas, y un largo etcétera. Nunca en Suecia, Gran Bretaña o EEUU (países en los que viví), las sensibilidades se han definido en los medios de esta manera, pues conlleva una visión ofensiva al concepto de democracia, que reduce la política a la competitividad entre personajes de la política. Y aun cuando esta competitividad interpersonal puede, como es lógico, existir, tal manera de definir las sensibilidades políticas es profundamente injusta hacia las personas que se identifican con tales sensibilidades, pues se las reduce a seguidores del personaje que define la corriente. Y es también injusto para el propio personaje, pues le da una excesiva responsabilidad que no tiene y espero que no desee.

Esta reflexión viene al caso sobre la discusión del post-zapaterismo, como si el debate se centrara en la figura de Zapatero.- De esta manera se están consumiendo gran cantidad de páginas y horas de tertulia sobre el futuro del Presidente, lo cual es bastante irrelevante. Y digo irrelevante, no como señal de menosprecio a la figura del presidente Zapatero (al cual tengo gran respeto), sino al hecho que al centrarse, de nuevo, en una persona, no se analiza lo que es más importante: la sensibilidad política que el Presidente representa y que está implícita en sus políticas desde sus inicios, y que significa una visión y unos intereses que quedan ignorados en este énfasis personal de la política. Pero no se resolverá la situación económica de España si se cambia una persona o varias personas (como el cambio de gobierno que tomó lugar esta semana) a no ser que se cambien sus políticas. No concuerdo con la crítica que se hace constantemente al Presidente Zapatero de excesiva volatilidad y cambio de políticas. Todo lo contrario, el Presidente, en lo esencial y estructural, ha sido de una enorme coherencia y sus planes respondían al planteamiento de una sensibilidad político-económica bien reflejada en su equipo y que, era la versión española de una sensibilidad existente y dominante en el centro izquierda europeo –el socioliberalismo o Tercera Vía- que nos ha llevado al lugar donde estamos, con el colapso de los partidos socialdemócratas en este continente. Y este socioliberalismo es hoy dominante en el establishment del PSOE. De ahí que los cambios necesarios para salvar al PSOE (y a España) sean mucho mayores de lo que se discuten y prevén. A no ser que el PSOE recupere su compromiso con la universalidad y extensión de derechos sociales, laborales y económicos, alcanzados a base de políticas fiscales redistributivas (que requerirán enfrentamientos con poderes fácticos) que corrijan los enormes déficits sociales que España tiene (el gasto público social por habitante continúa siendo el más bajo de la UE-15) el socialismo español no se recuperará.

Vicenç Navarro

  • Consejo Científico de ATTAC España.
  • Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra.
  • Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University.

Demasiados Peligros para dejarlos seguir así.

Los Bancos y entidades financieras que causaron la crisis han logrado salir de ella reforzados, sin que se hayan puesto en cuestión sus privilegios y con mucho más poder económico y financiero gracias a que los Gobiernos y los Bancos Centrales asumieron el principio de que eran demasiado grandes para caer.

Con ese criterio se han podido justificar las ayudas multimillonarias de todo tipo que se han puesto en sus manos a pesar de que así se ha dejado sin sancionar los comportamientos irresponsables, se incentiva que se vuelvan a dar y se hace a los grandes bancos más grandes aún, lo que hará que la próxima crisis que provoquen sea más dura y difícil de gobernar que esta.

Ni los gobiernos ni los Bancos Centrales ni los economistas liberales que imponen a la ciudadanía una constante disciplina en aras de lograr la eficiencia y, según dicen, la equidad (ahora nos indican que hay que reformar las pensiones para hacer que nuestro sistema sea “más justo”) no han tenido problema alguno para saltarse esos objetivos cuando se ha tratado de ayudar a la Banca.

Por el contrario, frente a los daños que han provocado los Bancos a miles de personas al actuar con ocultación, con manifiesta irresponsabilidad y mala fe, las autoridades, por regla general, son mucho más ajenas y despreocupadas.

Con el fin de aumentar de cualquier manera el volumen de deuda, que es el negocio que proporciona beneficio y poder a los Bancos, éstos han llevado a cabo en los últimos años una verdadera serie de tropelías ya bien conocidas que han sufrido principalmente los clientes más indefensos, de menor renta y con conocimientos e información sobre las prácticas bancarias. Los que, a diferencia de los Bancos, parece que son demasiado pobres como para salvarlos.

En los dos últimos años se ha empezado a comprobar que docenas de miles de personas y pequeñas y medianas empresas han sido sencilla y llanamente engañados por los Bancos que les ocultaban la letra pequeña de los contratos, que disimulaban los riesgos de los seguros que les vendían con otro nombre u ocultos en fórmulas incomprensibles y que, en suma, establecían condiciones leoninas en los préstamos o créditos que les ofrecían como si fueran un regalo de la providencia.

Las autoridades miraron entonces a otro lado y les dejaron hacer y ahora que cientos de miles de personas han perdido sus viviendas o se enfrentan a obligaciones de pago de las que nunca fueron advertidas, siguen disimulando y protegiendo a los privilegiados causantes de todos estos abusos.

Las organizaciones de defensa de los consumidores calculan que alrededor de 300.000 familias españolas han perdido su vivienda en los últimos tres años. Y no se puede alegar que se trata solo del efecto de una simple falta de pago. Detrás de ello hay, como acabo de señalar, condiciones leoninas, daciones fraudulentas, información oculta y tasaciones de viviendas hechas por una de las partes con manifiesta falta de veracidad y respeto a las condiciones del mercado que tanto pregonan los bancos y los liberales que callan ante todo esto.

El número de familias a las que se les han cortado el suministro de servicios básicos como la luz o el agua es incalculable, pero basta hablar con las organizaciones civiles que atienden estos problemas para comprobar que son también docenas de miles.

No es exagerado afirmar que solo los afectados por la estafa bancaria en torno a los “swaps”, los seguros aparentemente dirigidos para proteger a los prestatarios de las subidas de los tipos pueden ser en toda España alrededor de 100.000.

El sistema bancario español, el de más altos beneficios de Europa y el de costes de utilización para la clientela más elevados, es la fuente de un sin fin de irregularidades y de injusticias que pueden llevar a cabo con la mayor alevosía e impunidad. Es verdaderamente incomprensible que los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones y movimientos sociales no pongan en primer plano todo este tipo de conductas para evitar la transferencia ilegítima de renta de las personas y empresas a la Banca que llevan consigo.

No creo que haya otro país en el mundo en donde el pueblo tenga más defensores que en España pero, a pesar de ello, ninguno ha levantado su voz de una manera contundente frente a un problema que hubiera requerido su actuación mancomunada y radical pues se viene produciendo de forma alevosa, a plena luz del día y con consecuencias dramáticas, creo que se puede decir sin exagerar, para millones de personas y familias enteras.

Ni siquiera es posible confiar en España en que la administración de justicia haga honor a su nombre y ponga orden en todo ello, pues en docenas de sentencias ha resultado evidente que las atenciones de todo tipo que los bancos tienen con muchos magistrados y jueces no caen en saco rato.

Las prácticas bancarias dominantes, las que han dado lugar a la crisis y las que se siguen llevando a cabo, constituyen un mal social que hay que erradicar. A ningún otro tipo de ciudadanos se le permitiría hacer lo que hacen los bancos (y junto a ellos las grandes empresas de servicios).

Para ponerle coto al abuso bancario generalizado habría que reclamar firmemente de los poderes públicos que adoptaran algunas medidas urgentes e imprescindibles:

– Investigar con auténtica independencia las prácticas bancarias en España, concretando la naturaleza y efectos reales de cada una de ellas para depurar las responsabilidades de cada entidad.

– Extender esa investigación al comportamiento del Banco de España que, en lugar de haber impedido la opacidad, el abuso, las cláusulas leoninas y el engaño ha optado generalmente por el silencio o por la explícita complicidad con la Banca. No se puede entender que se haya llegado a producir un daño y un engaño tan extendido y tan rentable para la banca sin la colaboración de la máxima autoridad bancaria.

– Conocer con exactitud las personas que han sufrido malas prácticas bancarias y cuantificar el daño que les han producido para hacer que los bancos asuman las consecuencias el daño provocado.

– Revisar todos y cada uno de los procedimientos de desahucio o dación que se hayan producido, con especial atención a las condiciones de suscripción de los créditos y a las tasaciones realizadas.

– Promulgación de las normas y creación de los fondos necesarios para garantizar la devolución de las viviendas a las personas de renta baja que la hayan perdido por razones de disminución de ingresos y para evitar que esto se produzca en el futuro.

– Actuar en el mismo sentido respecto a las familias que no disponen de acceso a los servicios básicos por falta de pago como consecuencia de pérdidas imprevistas de ingresos.

– Creación de una jurisdicción especial para perseguir los abusos bancarios y promover ante las instituciones europeas el establecimiento de un código ético de inexcusable cumplimiento por parte de todas las entidades financieras.

El daño que ha generado el sistema bancario español en los últimos años y que se traduce ahora en auténticos dramas para cientos de miles de familias y en una losa pesada para el conjunto de la economía no es un asunto menor, ni siquiera algo que solo tenga que ver con la exigencia elemental de que cualquier persona o institución que lo produzca debe resarcirlo. La cuestión principal estriba en que el mantenimiento del poder tan desmesurado que tiene la Banca y los privilegios de los que goza para ganar dinero como y en la cantidad que quiera son verdadera y materialmente incompatibles con una sociedad democrática y segura.

Fuente: JUAN TORRES LÓPEZ

  • Consejo Científico de ATTAC España.
  • Doctor en CC. Económicas y Empresariales.
  • Catedrático de Economía Aplicada en la Facultad de CC. Económicas y Empresariales – Universidad de Sevilla – Departamento de Análisis Económico y Economía Política.

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