El ajuste de Krugman.

Hace algún tiempo el Nobel Krugman, refiriéndose a la economía española y tras observar el gran déficit de la balanza por cuenta corriente que había acumulado, que revelaba su débil posición competitiva, sostuvo que nuestro país se enfrentaba a un dilema. O bien recurría a la devaluación para abaratar las exportaciones y encarecer las importaciones, o bien producía un ajuste interno de precios y salarios con los mismos objetivos. Pero llegaba, inicialmente, a la conclusión que la devaluación no era posible por la pertenencia a la moneda común del euro, al cual lo consideraba como algo irreversible, decantándose, en consecuencia, por el ajuste interno.

Posteriormente cambió de opinión y vino a decir que aunque la operación de abandonar el euro era costosa y compleja, al final la estimaba como la opción más lógica, pensando en los interrogantes de los efectos y en las dificultades de un ajuste interno. En todo caso, hasta ahora la salida del euro no se ha producido, no se vislumbra en lo inmediato a pesar de que la economía española y otras economías integradas en la moneda única no acaban de digerir la pertenencia al euro y en ocasiones ha habido momentos, como en mayo pasado, en que todo parecía posible.

Se puede afirmar, pues, que la opción por el ajuste interno es la que prima por el momento. Y no tanto porque haya sido la alternativa elegida ante el dilema como porque se está imponiendo hasta el momento por la vía de los hechos. No hay un pacto social como postulaba Krugman para abordar el problema -cosa que podía considerarse imposible-, pero la realidad es que los salarios, fundamentalmente, están ajustándose a la baja, ya sea por las condiciones socioeconómicas, el paro masivo, la paralización de la negociación de los convenios o el recorte por la vía legal ,como ha sucedido con los sueldos de los funcionarios.

Frente a la devaluación, es decir la salida del euro, el ajuste interno tenía dos inconvenientes. El primero es que con él no se lograba el efecto general de abaratar exportaciones y encarecer importaciones como ocurre cuando un país devalúa su moneda: todas las mercancías y todos los servicios que se intercambia con el exterior recogen de inmediato el impacto de la variación del tipo de cambio. Un ajuste interno, por el contrario, como es producto de las circunstancias particulares de los distintos sectores productivos y de la casuística que se da en las empresas, desde situación económica de ellas, la posición defensiva de los sindicatos, y reacciones empresariales para obtener beneficios, origina un cambio muy desigual en los precios de los distintos bienes y servicios, y por tanto un ajuste también muy irregular en los precios de las exportaciones, con efecto más difíciles de evaluar en los intercambios exteriores.

Por otro lado, una devaluación de la moneda no tiene efectos depresivos sino más bien lo contrario, ya que favorece las exportaciones y la demanda interna frente a las importaciones, mientras que el ajuste interno de salarios, en la medida en que no se acompaña de un ajuste inmediato y semejante de los precios (en ese caso todos los precios relativos internos no se modificarían, pero sí con respecto a los precios exteriores, lo que sería equivalente a la devaluación), tiene un impacto recesivo sobre la actividad y la demanda, lo que si bien puede resultar beneficioso para corregir el problema del déficit exterior de una economía, agrava otros problemas como pueden ser una mayor desigualdad en la distribución de la renta, el aumento del déficit público por el impacto de la depresión en la recaudación impositiva y, sobre todo, lleva aparejado un incremento del paro, que en el caso de la economía española no se puede considerar como una secuela secundaria.

El déficit por cuenta corriente de la balanza de pagos española se ha corregido de un modo acusado a lo largo de 2009 y 2010. Desde el 9,7% del PIB que se registró en 2008, quedó reducido al 5,4% en 2009, y estará en torno al 4,7% en este año. Se podría pensar, por tanto, que la opción del ajuste interno está produciendo los efectos deseados y que cuando la economía se encamine a una recuperación no lo hará ya con la rémora de un desequilibrio exterior insostenible. De hecho el Gobierno de los brotes verdes, proclive a ver en el canto de un pajarillo, en cualquier dato insignificante, un anuncio de que lo peor de la crisis ya se ha superado, no deja pasar ocasión de resaltar y apuntarse como un éxito que el déficit exterior ha disminuido considerablemente.

En mi opinión, sin embargo, no sólo hay que ser más precavidos sino que sostengo que la importante cuestión de si la economía española podrá sobrevivir en el euro no se ha resuelto y está pendiente. Es indiscutible: el déficit se ha reducido sensiblemente, pero también hay poca duda de que esa reducción es resultado ante todo del grave hundimiento que ha sufrido la economía en los dos últimos años, como consecuencia de la crisis financiera internacional y la recesión generalizada posterior, del estallido de la burbuja inmobiliaria y del estrangulamiento del crédito que ha tenido lugar. Lo ocurrido en la balanza de pagos no es una mejora atribuible en lo fundamental a un ajuste interno de precios y salarios sino a la conmoción sufrida por la economía desde que se inició la crisis internacional en la segunda mitad de 2008.

Sería un error imputar a un ajuste interno la disminución del déficit exterior puesto que, sin perjuicio de que ese ajuste se haya visto facilitado por la depresión de los últimos dos años, esa mejora no cabe proyectarla en el futuro. Estamos hablando de una mejora que ha sucedido con una destrucción de 2 millones de puestos de trabajo, con una evolución del paro cuya tasa casi se ha duplicado hasta llegar al 20% de la población activa, con una caída acumulada a lo largo de 2009 y 2010 del 8% en la demanda interna y del 25% en la formación de capital bruta. De repetirse algo parecido, podría pensarse en una reducción aún mayor del déficit de la balanza por cuenta corriente, pero al precio ya de una catástrofe económica.

Sin que suponga anunciar la recuperación de la economía -problemas acumulados como el que se comenta y riesgos agudos impiden tal pronóstico-, cabe imaginar que se adentrase en un moderado crecimiento, el mínimo siquiera para evitar un aumento del paro. Es decir, una economía avanzando en torno al 2%, mínimo crecimiento estimado para generar algún empleo. Ello supondría que se detendría la disminución del déficit exterior y que comenzaría de nuevo a aumentar, desde un nivel nada despreciable, sin parangón con los registrados en otros momentos históricos con la peseta como moneda, y en unas condiciones en que el peso de la deuda exterior de la economía española es aún insoportable, en un país bajo sospecha de quiebra y con unos mercados financieros enrarecidos.

A este respecto hay que destacar que la reducción del déficit no se ha traducido en una mejora de la posición exterior de la economía, puesto que todo déficit implica lo contrario. Los pasivos financieros brutos de nuestro país frente al exterior -lo que se debe y nos pueden reclamar- ascendían a finales de junio de este año a 2,3 billones de euros, casi el 230% del PIB. Descontando los activos frente al exterior, que alcanzan 1,4 billones de euros, la posición deudora neta de la economía española frente al resto del mundo es de 0,9 billones de euros, una cifra casi equivalente a la del PIB, que es de 1,05 billones de euros. Esa posición deudora origina un saldo neto desfavorable de pago de intereses y rentas de inversión, que fijándolo sólo en un tipo de interés del 3% (los tipos de interés son más altos y tienden a aumentar por la desconfianza en la solvencia del país), significa que cada año la economía española inicia el ejercicio con el hándicap de un déficit exterior de la balanza por cuenta corriente de casi 3% del PIB.

Como es normal, una recuperación económica por modesta que sea implica un empeoramiento de la balanza de cuenta corriente, por el incremento que se produce de las importaciones, tanto más cuanto que en esta ocasión la recuperación no vendrá del estímulo a las exportaciones, como sucedió en la crisis de 1992/93 cuando las devaluaciones sucesivas de la peseta permitieron un crecimiento considerable de ellas, a las que cabe atribuir el papel catalizador de salida de aquella crisis. El panorama se enturbia algo más por el hecho de que la crisis de la economía española ha llevado a una destrucción considerable de tejido productivo, que se traducirá en una mayor dependencia de las importaciones en el futuro. Por otro lado, nuestro país estará en el ojo del huracán de toda crisis financiera general o particular de la zona del euro, por la simple razón de que es uno de los países más endeudados del mundo.

En las condiciones descritas, cabe poner muy serias reservas a la opinión de que la crisis exterior de la economía española está resuelta, que sólo debemos preocuparnos de algunos problemas internos (las reformas estructurales pendiente en el lenguaje dominante) para que la recuperación se inicie y que una vez puesta en marcha todo el camino se encuentra despejado.

Nada más lejos de la realidad, como he tratado de exponer. La crisis económica ha venido para quedarse, atrapado el país en una posición exterior insostenible de deuda y déficit, sin solución posible por la vía del ajuste interno que alguna vez, fugazmente, pensó Krugman. La izquierda, toda, debe tomar nota para preparar su estrategia.

Pedro Montes – Miembro de la Coordinadora Federal de Socialismo 21

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Ataque a la Europa Social.

Hoy en día estamos viviendo un ataque frontal a la Europa Social. La supervivencia de los estados del bienestar de los países de la Unión Europea (y, muy en especial, de los países de la Eurozona) están siendo amenazados debido al desarrollo de políticas de austeridad del gasto público social, como parte de una estrategia de reducción de los déficits públicos y las deudas públicas de tales países. La lista de países y recortes es larga. España e Italia están recortando 15.000 millones de euros y 25.000 millones de euros respectivamente de sus presupuestos. Portugal está bajando su déficit para reducirlo a 3% del PIB en 2013, con unos recortes equivalentes al 6% del PIB en tres años. En Grecia el recorte es incluso más acentuado, 10% en tres años. En Alemania, la canciller Merkel decidió, ya en 2009, eliminar el déficit completamente para el año 2016, recortando 10.000 millones de euros por año. Un tanto semejante está ocurriendo en Francia, bajo la dirección del gobierno Sarkozy. País por país, los recortes son muy acentuados y generalizados.

Estas reducciones, sin precedentes en la Unión Europea, se están haciendo bajo el supuesto de que la disminución del déficit es condición indispensable para que se dé la recuperación económica y se inicie, de nuevo, el crecimiento económico. Se asume que el bajísimo crecimiento que hemos visto hasta ahora (el promedio en los países de la Eurozona ha sido sólo de un 1% por año desde 2001) se debe a que existe escasez de dinero en el sector privado, consecuencia del excesivo gasto público. Es más, se nos dice que esta escasez hace subir el precio del dinero (es decir, aumentar los intereses bancarios) y aumentar la inflación. De ahí la necesidad de reducir el déficit y el gasto público.

El problema con esta creencia (basada en fe, más que en evidencia) es que cada uno de estos supuestos es erróneo. Y además es fácil demostrarlo. Uno de los países que ha recortado más su déficit en la UE ha sido Irlanda. Tales recortes han contribuido a que su PIB colapsara, descendiendo nada menos que un 9% por año. Nunca un país había visto, desde el colapso de EE.UU. a principios del siglo XX -durante la Gran Depresión-, un colapso de su PIB tan acentuado. Ello determinó, por cierto, el consiguiente aumento del déficit público, mostrando, una vez más, que la mejor manera de reducir el déficit no es reduciendo el gasto público, sino aumentando el crecimiento económico. Un tanto semejante ha ocurrido en Grecia, donde la reducción del déficit impuesto por el FMI ha llevado a un colapso del PIB (que se calcula llegará a ser del 20%).

Que ello ocurra no debiera sorprender, pues la enorme recesión, que puede convertirse en depresión, se debe a un problema de demanda, consecuencia de la enorme polarización de la rentas, con descenso de las rentas del trabajo (y consiguiente bajada de la masa salarial como porcentaje de la renta nacional). Tal descenso de las rentas del trabajo ha forzado un enorme endeudamiento de las familias, que al colapsarse el crédito, resultado de la crisis financiera, crea un enorme problema de la demanda, que debe sustituirse rápidamente por la demanda creada con el gasto público. Reducir, en lugar de aumentarse el gasto público es un suicidio, no sólo para Europa, por cierto, sino para la economía mundial. De ahí que dirigentes de la política económica estadounidense como el director de la oficina económica de la Administración Obama, el Sr. Larry Summers, y el homólogo del Ministro de Economía y Hacienda en España, el Sr. Timothy Geithner, hayan criticado duramente las políticas de austeridad seguidas en la Unión Europea.

Pero, empeorando todavía más la situación, los poderes financieros, dirigidos por el Banco Central Europeo, están favoreciendo el incremento de los intereses bancarios para finales del 2010, y se resisten también a crear más liquidez (es decir, imprimir dinero) con el argumento de que puede aumentar la inflación, ignorando que el mayor problema que tiene la UE es la deflación, lo contrario a la inflación. Cada una de estas intervenciones mantendrá a la UE y la Eurozona en la Gran Recesión. Y en el peor de los casos pueden llevar a la Gran Depresión.

La pregunta que debemos hacernos es ¿por qué estas políticas, tan claramente erróneas, se están realizando? Y la respuesta tiene que ver con el enorme poder del capital financiero por un parte y el gran poder de clase por otra. Éste es responsable de una enorme polarización de la rentas del capital a costa de las rentas del trabajo, polarización alcanzada a base del desarrollo de las políticas neoliberales llevadas a cabo en ambos lados del Atlántico, desde los años ochenta. En realidad, fue esta misma polarización de las rentas la que explica el enorme crecimiento del capital financiero, que se ha beneficiado del elevado endeudamiento, creado por el descenso de las rentas del trabajo. El neoliberalismo es la ideología del capital financiero y de las clases dominantes a ambos lados del Atlántico. Y es el dogma de los establishments financieros, mediáticos y políticos de la UE (hoy controlados por las derechas).

¿Qué es lo que debiera hacerse?

La respuesta es bastante fácil. A nivel teórico, la experiencia del siglo XX es aleccionadora. Una, es la corrección de la obscena concentración de las rentas y de la propiedad. Nunca antes (desde los años veinte en el siglo XX) se había alcanzado tal concentración. Se requiere eliminar las reformas profundamente regresivas que tomaron lugar durante estos últimos cincuenta años. Tales cambios generarían enormes recursos al estado, que debieran invertirse en áreas sociales y físicas, creadoras de empleo, así como en nuevas áreas productivas (como, por ejemplo, nuevas formas de energía y transporte), todas ellas actividades que estimularían el crecimiento económico que disminuiría el déficit público y la deuda pública.

Estas medidas debieran complementarse con cambios muy sustanciales del sistema financiero, con redefinición de los objetivos de tal sistema, priorizando aquellos que sirven a la economía y no sólo a los banqueros y accionistas. Debiera recuperarse el concepto de servicios financieros, con creación de bancas públicas, redefiniendo las funciones del BCE para convertirlo en un Banco Central (que hoy no lo es), en lugar de ser un lobby de la Banca. Como tal, el BCE debiera responderle al gobierno europeo y al parlamento europeo (tal como ocurre con otras bancas centrales, como el Federal Reserve Board en EE.UU. y el Banco Central de Japón), con la responsabilidad de ayudar a los estados y a la UE a desarrollar sus políticas económicas (incluyendo la compra de deuda pública, revirtiendo los intereses a los países deudores). Una medida inmediata sería la impresión de euros en dosis mucho más acentuadas de lo que hace ahora. El BCE no ha tenido ninguna duda en imprimir millones y millones de euros para salvar a los bancos europeos. Pues bien, el BCE debiera hacer lo mismo para salvar a los estados de la Eurozona. El peligro de inflación no es inmediato. De ahí la urgencia de este tipo de intervención, pues el mayor riesgo es el de la deflación, no el de inflación. Por cierto, existe el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (EBRD) que parece adormecido y que debiera reavivarse para facilitar las inversiones en nuevos sectores productivos y de servicios.

Pero además de estas medidas, es importante y urgente hacer cambios importantes en la regulación del capital financiero y de sus mercados. Convendría que se desincentivaran las actividades financieras especulativas, gravando las transacciones a corto plazo (la Tasa Tobin). George Irvin ha calculado que un impuesto de un euro por cada mil de transacción generaría 220.000 millones de euros al año, más del doble del presupuesto actual de la UE.

¿Se tomarán estas medidas?

La respuesta depende del cambio de mentalidad de las izquierdas gobernantes en la UE, hasta ahora estancadas en el territorio neoliberal. Su falta de visión, su actitud acomodaticia y su carencia de coraje político les ha convertido en parte del problema, en lugar de en parte de la solución. De ahí que sin una transformación muy importante de estas izquierdas o su substicición por otras, estas alternativas no tendrán lugar. Ni que decir tiene que el poder económico y político y mediático de las derechas es enorme. Pero, por muy fuerte que sea (y lo es) puede vencerse si hay voluntad política, aunque España no es un ejemplo de ello. No ha habido voluntad política del gobierno PSOE de aliarse con las izquierdas, ni en 1993, ni en 2008. Y ello se debe a que el marco conceptual que dirigió sus políticas económicas era neoliberal. Y ahí está la raíz del problema.

Vicenç Navarro – Artículo publicado en El Viejo Topo

  • Consejo Científico de ATTAC España.
  • Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra.
  • Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University.

Después de la utopía. Entrevista Antoni Domènech / Daniel Raventós.

La revista cuatrimestral del Círculo de Bellas Artes de Madrid, Minerva, entrevistó en mayo a Antoni Domènech y Daniel Raventós. Reproducimos esta entrevista, realizada por Esther Ramón y cuya redacción final hizo Carolina del Olmo, que se publicó en el número 15 de Minerva correspondiente al último cuatrimestre de 2010.

Antoni Domènech y Daniel Raventós, colaboradores habituales en distintos proyectos académicos, editoriales y políticos, son dos voces clave en la crítica de las ciencias sociales contemporáneas. Raventós –profesor titular en la Facultad de Economía de la Universidad de Barcelona, presidente de la Red Renta Básica y miembro del Consejo Asesor de ATTAC– es conocido particularmente por sus trabajos en torno a la renta ciudadana universal. Domènech, catedrático de Filosofía de las Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona, es uno de los más importantes filósofos políticos de nuestro país. Ambos son fundadores de la revista Sin Permiso.

Utopía y catástrofe

Domènech: La historia de las utopías modernas muestra que estas suelen aparecer en momentos catastróficos, de derrota. Sin ir más lejos, la Utopía de Tomás Moro es en buena medida una reacción al desastre de la conquista de América: Rafael Hytlodeo es un portugués que le cuenta a Moro lo felices que vivían los indios hasta la llegada de los invasores. Además, el primer libro de la Utopía de Moro analiza con mucho detalle la catástrofe que supuso la destrucción de los bienes comunes en la Inglaterra de comienzos del siglo XVI. Del mismo modo, el llamado “socialismo utópico” es una reacción a la contrarrevolución, a la catástrofe política que supuso para los movimientos populares la derrota de Robespierre. Precisamente, la eclosión del socialismo no utópico, el marxismo y el anarquismo, se produce cuando el movimiento obrero retoma la iniciativa. En ocasiones, las utopías pueden proponer reflexiones interesantes, críticas y lúcidas, como es el caso de William Morris o Diderot, pero a menudo resultan muy reaccionarias. Por supuesto, no hay nada más despótico que la República de Platón. Pero también, a pesar de lo que a menudo se dice, Tomás Moro era profundamente conservador. En Utopía había esclavos públicos, muchos de ellos emigrantes pobres que se esclavizan voluntariamente, un patrioterismo feroz… En general, la utopía se asocia a una derrota mal aceptada, a una huida de la realidad que tiene un componente autoritario. Las utopías suelen estar más preocupadas por la armonía y la felicidad que por la libertad, al contrario que los movimientos revolucionarios reales.

Neoliberalismo y utopía

Raventós: Si pervive una utopía particularmente poderosa, esa es la liberal. De todo el programa neoliberal que se puso en marcha hace unos treinta años no se ha cumplido prácticamente nada; por eso es, en sentido estricto, una utopía reaccionaria, que logró convencer en un momento determinado a buena parte de la sociedad gracias a un aparato de propaganda muy eficaz. ¿Cuánta izquierda no se ha dejado seducir por las grandes proclamas neoliberales? Por ejemplo, nunca se llevó a cabo ninguna reconversión industrial tan brutal como la que pusieron en marcha los gobiernos de Felipe González.

Es importante no subestimar la impresionante elocuencia y capacidad de militancia de algunos neoliberales para resucitar una teoría que después de la Segunda Guerra Mundial había quedado arrinconada por el keynesianismo. John Kenneth Galbraith en su Historia de la economía, que escribe en el momento en que Reagan gana sus primeras elecciones, se muestra perplejo del retorno de lo que él llama la “economía neoclásica”. Pero también es cierto que este proceso implicó una estrategia deliberada de manipulación en la que desempeñaron un papel protagonista los medios de comunicación. La destrucción de los sindicatos y el tejido social en beneficio de la mercantilización generalizada requiere una intervención administrativa a enorme escala que, cuando la resistencia es muy fuerte, se convierte en una liberalizaciónmanu militari, como sucedió en Chile y en Argentina. Precisamente hace poco acaban de detener en Argentina por genocida a Martínez de la Hoz, el gran ministro neoliberal de economía de Videla, un auténtico “chico de Chicago”. También existen procesos de influencia directa, por decirlo así. La cantidad de dinero que se mueve en el mercadeo político de Washington o Bruselas es impresionante. El Tribunal Constitucional norteamericano ha permitido recientemente que las empresas de ese país den todo el dinero que les de la gana a los candidatos electorales, una decisión que muchos, desde el presidente Obama a Noam Chomsky, han considerado un golpe mortal a la democracia.

Domènech: El neoliberalismo puede considerarse una utopía en el sentido de que constituye una auténtica huida de la realidad. La idea de que la expansión de los mercados financieros ha supuesto un retroceso del Estado es sencillamente imaginaria. A estas alturas debería ser obvio que la crisis económica actual es en buena medida el resultado de una política activa de inflación de activos financieros e inmobiliarios por parte de la reserva federal estadounidense y los bancos centrales de muchos países. Y, tras el estallido de la burbuja, la intervención ha sido de nuevo masiva: la inyección de dinero del gobierno de Estados Unidos en la economía real ronda los cuatro billones de dólares, casi cuatro veces el producto interior bruto de España y, en dólares constantes, el mismo coste de la intervención estadounidense en la Segunda Guerra Mundial.

La desregulación de los mercados es un mal chiste. Lo que tenemos son unos mercados profundamente intervenidos en favor de los intereses de rentistas financieros e inmobiliarios en guerra pugnaz con el movimiento obrero organizado y, de un modo más descuidado, con el capital productivo real. La globalización es la venganza de los rentistas, que habían sido contenidos por las políticas reformistas keynesianas de la coalición antifascista de la Segunda Guerra Mundial. El problema es que las élites que nos gobiernan se han creído sus propias mentiras hasta tal punto que han dejado de entender cómo funciona el capitalismo real. Las cuatro semanas agónicas que vivió Grecia hasta que intervino el Banco Central Europeo fueron descabelladas. Cualquier persona que tuviera unas mínimas nociones de macroeconomía sabía que la quiebra de Grecia era inadmisible y que la manera de rescatar su economía pasaba por comprar deuda pública griega. Se tardó tanto en tomar esta decisión no sólo por intereses electorales regionales de la señora Merkel, sino porque la Comisión Europea y los ministros de finanzas europeos no acaban de entender cómo funciona el mundo. Es para acordarse del rey Lear: «Sino de nuestros tiempos es que los ciegos guíen a los locos».

La utopización sobrevenida

Domènech: En las últimas décadas hemos asistido a un desplazamiento hacia la derecha del centro de gravedad del sentido común político. A finales de los años sesenta, cuando estaba estudiando en Alemania, presencié un debate en la televisión pública entre Kurt Kiesinger y Willy Brandt. En determinado momento, Brandt acusó a Kiesinger de querer autorizar las televisiones privadas. Este último puso el grito en el cielo: la democracia cristiana jamás permitiría la existencia de televisiones privadas, dijo, eso sería la muerte de la democracia de la República Federal… Imaginaos lo que pasaría si alguien dijera hoy que las televisiones privadas son problemáticas, como poco se le acusaría de autoritarismo terminal. En aquello años existía un consenso en torno a unos puntos mínimos que hoy se ha roto. En la televisión pública de Cataluña, donde hay un gobierno de coalición de izquierdas, los tertulianos invitados oscilan entre la extrema derecha y el centro, el centro izquierda está sencillamente excluido. Las reformas más elementales y factibles, realizadas mil veces entre 1937 y 1975, ahora parecerían utópicas, irrealizables o peligrosamente totalitarias. Esto ha destruido ideológicamente a la izquierda. La tasa de sindicalización en todo el mundo ha bajado a menos de la mitad en treinta años. El movimiento popular ha sido desvertebrado, desorganizado y eso explica que tengamos una izquierda que, por un lado, parece utópica (porque cualquier cosa parece utópica) y, por otro, reacciona enquistándose sectariamente. Como explicó Rosa Luxemburgo, sin reforma no hay revolución. Y viceversa: para hacer buena reforma necesitas amenazar con algo. Necesitamos recuperar ese tipo de dialéctica.

Raventós: No se trata sólo de cuestiones ideológicas. Las políticas públicas relacionadas con la redistribución de las rentas consideradas normales hace apenas tres décadas son hoy impensables. Durante los Treinta Gloriosos [1945-1973], los tipos impositivos para los más ricos llegaron a estar en el 91% en Estados Unidos. Las rentas superiores a los doscientos mil dólares tributaban –bajo un presidente de derechas como Eisenhower– al 93 %. Y eso ocurría en una época en la que no existían los instrumentos de evasión fiscal actuales. Estamos hablando de la época anterior a la ruptura de Nixon con Breton Woods en 1971, que desancló el dólar, levantó el control de los movimientos de capitales y permitió el retorno al capitalismo anterior a la Segunda Guerra Mundial. Hoy, a efectos prácticos, con los correspondientes y abundantes descuentos, la tributación de las grandes fortunas viene a rondar el 20% y, si son beneficios del capital, el 15%. Actualmente, en el Reino de España, las SICAV, cómodo y legalísimo refugio de las grandes fortunas, tributan al 1%. La normativa que permite semejante barbaridad se aprobó en España con todos los votos parlamentarios menos los de Izquierda Unida. Así que no es sólo que si hoy alguien propusiera recuperar las propuestas de la derecha norteamericana de los años sesenta sería tachado de demente bolchevique, sino que se oculta sistemáticamente esta realidad. Es impresionante el velo de silencio que ha cubierto este asunto.

Domènech: Hay que insistir en que la globalización no es un fenómeno nuevo relacionado con el multiculturalismo e Internet, sino el sistema social dominante hasta la Segunda Guerra Mundial. La reforma del capitalismo de Roosevelt y la izquierda burguesa consistió en una desmundialización de la economía que introdujo controles en los movimientos de capital, ese es el núcleo del keynesianismo. Sólo así fue posible la política socialdemócrata de la década de los cincuenta y sesenta, con unos sindicatos fuertes –capaces de obligar a la patronal a sentarse a negociar porque no podía mover los capitales a su antojo– y constituciones como la alemana o la italiana, que brindaron a los trabajadores derechos que hubieran parecido increíbles en los años veinte. Cuando desapareció la posibilidad de controlar los movimientos del capital se creó lo que Keynes llamaba un “parlamento virtual” donde los mercados financieros votan y su voto cuenta más que el de los parlamentos políticos. En ese contexto, que es el nuestro, el populismo de derechas puede arrasar, como está ocurriendo en Estados Unidos con el movimiento de los Tea Parties. El auge de esta nueva extrema derecha populista se explica por la impotencia de Obama frente a los mercados financieros. Y no hay que olvidar que los asesores económicos de Obama son el equipo de halcones que llevó a la destrucción la Rusia de Yeltsin.

No obstante, hay fenómenos que nos permiten no ser completamente pesimistas. Por ejemplo, tras la quiebra de la economía islandesa, el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea pusieron unas condiciones de rescate muy duras que el Parlamento de Islandia aceptó. Pero entonces hubo una gran manifestación de protesta exigiendo un referéndum. Se convocó el referéndum y las medidas fueron rechazadas por un 94% de los votantes. La sumisión al FMI no es la única opción. Por ejemplo, como ha propuesto Randall Wray, un país podría decir a sus deudores que les devolverá el dinero que les debe con títulos fiscales: no te puedo pagar lo que te debo, pero si inviertes en mi país, todos tus beneficios estarán exentos de impuestos. Lo impresionante es que estas medidas de sentido común quedan circunscritas a la discusión de pequeños círculos académicos. La vulgata es “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, “hay que apretarse el cinturón”… Auténticas idioteces. Yo suspendo a los estudiantes que dicen estas cosas y, sin embargo, es lo que los grandes “expertos” cuentan en todos los periódicos.

Alternativas

Domènech: Hay fenómenos poco visibles pero importantes que permiten imaginar transformaciones profundas perfectamente factibles. Por ejemplo, un parte significativa de la economía mundial funciona cooperativamente. Hay 800 millones de trabajadores que trabajan directamente o indirectamente en cooperativa, más del 10% de la población mundial. El trabajo asalariado es la minoría mayoritaria en el mundo, pero hay 1.600 millones de trabajadores no asalariados –entre cooperativistas, personas que trabajan en bienes comunales o en propiedades fundadas en el trabajo personal y esclavos–, y 1.000 millones de personas que simplemente están fuera de la economía mundial. El capitalismo no es, como creen los estructuralistas, una gran unidad funcional, sino una realidad histórica muy compleja.

En España tenemos un ejemplo paradigmático, como es la cooperativa Mondragón, la mayor del mundo, con más de 90.000 empleados. Los propietarios de esta empresa son los trabajadores. Hay empleados que no son propietarios, pero todos tienen la posibilidad de llegar a serlo, para ello tienen un banco propio que concede los créditos necesarios para convertirse en copropietario. De este modo, reciben dividendos, tienen voto en las asambleas, que funcionan democráticamente… El abanico salarial es de 5 o 6 a 1, pero son ratios que se pueden revisar en las asambleas. Es una realidad social económica que abundaría mucho más en Europa si no estuviera durísimamente castigada por las políticas económicas de los gobiernos. En el programa de un gobierno de izquierdas podría figurar el fomento de las cooperativas de trabajadores. No todo tiene por qué ser ayudas a las multinacionales…

Raventós: Otra alternativa factible es la renta básica. La renta básica es posible dentro del marco capitalista, como lo fue en su momento la asistencia sanitaria universal. Los que creen que la renta básica es una medida que, de suyo, puede acabar con el capitalismo o bien no entienden cómo funciona el capitalismo o, en todo caso, dan una importancia a la renta básica que no tiene. Pero eso sí, con una renta básica el capitalismo sería muy diferente del que conocemos. No sólo porque cubriría las necesidades básicas y aseguraría el traspaso del umbral de la pobreza. Tan importante como la posible mejora en las condiciones materiales es el aumento del poder de negociación de los trabajadores que supondría. La renta básica, al menos en mi forma de entenderla, es una opción social y económica que supone la intervención del mercado. El mercado, contra lo que se acostumbra a suponer muy precipitadamente, siempre ha estado intervenido. La diferencia entre partidarios de los ricos y de los pobres, para decirlo de forma simplificada, no es que los primeros defiendan el mercado libre y los segundos quieran intervenirlo. La diferencia exacta es la siguiente: los primeros quieren intervenir el mercado para favorecer sus intereses y los segundos quieren intervenir el mercado para favorecer los suyos. Así que la renta básica, como decía, es una opción de política económica en defensa de la mayor parte de la población. No de la parte más rica. Exactamente lo contrario de lo que se ha venido haciendo a lo largo de los últimos treinta y cinco años, si atendemos a ingredientes centrales como la distribución de la renta que se ha producido en este tiempo. Un mero ejemplo, si en 1976 el 1% más rico de EE UU acaparaba el 9% de la renta nacional, en 2006 ya acumulaba el 20%. 2006 es justamente el año anterior a la crisis. Actualmente la desigualdad y la polarización son mayores. La crisis económica, provocada y ahora perfectamente aprovechada por los especuladores y banqueros, está haciendo estragos entre las clases populares.

Domenech: Soy bastante escéptico respecto a las políticas “alterglobalizadoras” que hoy ocupan a buena parte de la izquierda. Creo que, por lo pronto, hay que desandar buena parte de lo andado, enderezar la economía y recuperar la soberanía popular controlando los movimientos de capitales. Hay que hacer una amplia coalición que destruya la élite rentista que se ha apoderado de la dinámica económica del mundo y que nos ha llevado a la catástrofe. Porque, es importante que lo tengamos presente, lo que vemos es la punta de un iceberg que se ha consolidado a lo largo de los últimos treinta años y que incluye también un enorme aumento de la pobreza en todo el mundo o la destrucción masiva de los ecosistemas. La situación actual ya la conocemos, este es el capitalismo desbridado de la Belle Époque. Tenemos conocimientos muy elaborados para saber cómo se pueden hacer reformas, lo que falta es voluntad política para emprenderlas y, sobre todo, un gran movimiento social como el que sí existía en los años treinta.

Por qué sigue habiendo motivos para luchar contra las Instituciones Financieras internacionales.

Iolanda Fresnillo – Observatorio de la Deuda en la Globalización

Del 26 al 28 de septiembre de 2000 decenas de miles de activistas tomaron las calles de Praga. El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) celebraban su asamblea anual en la capital checa, y eran el foco de las denuncias de un creciente movimiento social altermundialista. “Este modelo de capitalismo global está sustentado por las políticas del BM y el FMI, y otras como las de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que son las principales causas de los persistentes problemas mundiales, agravan aún más la destrucción medio ambiental y aumentan las desigualdades económicas y sociales de la mayoría de la población”, afirmaba el manifiesto del Movimiento de Resistencia Global, en el año 2000. En aquella ocasión el BM y el FMI se vieron obligados a clausurar precipitadamente su 55 reunión anual, ante la masividad y virulencia de las movilizaciones en la calle.

Entre el 8 y el 10 de octubre de 2010 ha tenido lugar en Washintgon DC la 65 reunión anual del BM y el FMI. Una década más tarde, con unos pocos cientos de personas protestando en la calle, estas dos instituciones siguen con fuerzas renovadas imponiendo su visión de la economía y el desarrollo en todo el mundo. ¿Han cambiado tanto el FMI y el BM como para que los movimientos sociales hayamos dejado de movilizarnos contra sus políticas? ¿En qué andan actualmente las gemelas de Bretton Woods?

Reformas históricas ¿en serio?

Una de las críticas más repetidas cuando hablamos del Banco Mundial y del FMI es la falta de democracia en el seno de estas instituciones. El derecho a voto en ambas se reparte según el peso de cada país en la economía mundial, lo que fija las aportaciones en forma de cuotas de cada país. El evidente desequilibrio en el reparto de cuotas, y por tanto de votos, se ha convertido en los últimos años en foco de debate también en el seno tanto del BM y del FMI, ante el reclamo de los países emergentes de una revisión de este sistema. Si bien los países más empobrecidos del planeta, y las organizaciones de la sociedad civil, venimos denunciando desde hace décadas este desequilibrio en el poder de decisión, no ha sido hasta que países como China, Brasil o Corea del Sur han reclamado su parte del pastel, que BM y FMI no se han tomado en serio esta crítica.

Desde hace unos años se vienen repitiendo con ocasión de las reuniones anuales o de primavera reclamos, discusiones y declaraciones sobre el sistema de cuotas en el BM y el FMI. En 2008 se llegó a acuerdos en ambas instituciones para revisar este sistema de cuotas, pero no ha sido hasta este año que no se ha cerrado la tan anunciada reforma. En abril, en las reuniones de primavera, se cerró la revisión de cuotas en el Banco Mundial y el pasado 23 de octubre, en la reunión de ministros de finanzas del G20 que se celebró en Corea del Sur dos semanas después de las reuniones anuales del BM y el FMI, ha llegado el acuerdo sobre el nuevo reparto del pastel del Fondo. El director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, ha calificado el acuerdo del G20 de “compromiso histórico” que hará del Fondo una institución “”más efectiva, creíble y legitimada“.

La “histórica” reforma esconde, sin embargo, una realidad que ha cambiado muy poco. El principio sobre el que se establece el sistema de cuotas se mantiene intacto. El pastel se reparte según el poder económico (y político) de cada país. Así, la Unión Europea ha tenido que ceder un 6% de cuotas para que “las economías emergentes de rápido crecimiento obtengan una voz más fuerte en el Fondo”. Así, la reforma ha dado en efecto más poder en países como China, India o Brasil. La reforma de las cuotas del Banco Mundial acordada en abril sigue la misma línea, dando más poder a las economías emergentes. Estados Unidos mantiene con la reforma el poder de veto en ambas instituciones, al igual que la Unión Europea (en caso de decidir votar en bloque, ya que los países de la UE no tienen un asiento único en el FMI ni en el BM). En el Banco Mundial, por ejemplo, los países con altos ingresos acumulan todavía el 61% de los votos, los países con rentas medias aumentan hasta el 35% de votos, mientras que los países de bajos ingresos se quedan sólo con un 4,46% de los votos. En el FMI se repite el mismo esquema, dando más poder a quienes han incrementado su poder en la economía mundial, y manteniendo las cuotas marginales de los países más empobrecidos. Para Strauss-Kahn, sin embargo, la reforma “pone fin a la discusión sobre la legitimidad del Fondo que ha durado por años, casi décadas“.

Si bien es cierto que el nuevo reparto de cuotas reconoce el creciente peso en la economía mundial de las economías emergentes, no responde en absoluto a los problemas de falta de legitimidad y democracia de BM y FMI. Estas instituciones se mantienen con estructuras internas profundamente desequilibradas, en tanto que mantienen en la marginalidad a aquellos países que son las principales víctimas de sus políticas.

La crisis como oportunidad

Para muchos de nosotros, la falta de legitimidad del FMI y el BM no se debe sólo a la profundamente antidemocrática estructura interna de las instituciones, sino, y sobre todo, a las políticas que éstas han venido imponiendo en todo el mundo durante más de medio siglo. Como ya denunciábamos hace una década en las calles de Praga, el BM y el FMI “han proporcionado los medios necesarios para que empresas transnacionales, bancos e instituciones financieras continúen expoliando los recursos de la periferia y cargando el peso de la deuda sobre los más empobrecidos“. Es esta alianza entre las Instituciones Financieras Internacionales (IFI), las empresas transnacionales y el capital financiero es la que ha guiado durante décadas las políticas de ajuste que las IFIs siguen imponiendo. El evidente fracaso, desde el punto de vista del bienestar de los pueblos, de las políticas dictadas por el FMI o los proyectos diseñados por el BM nunca ha sido reconocido por estas instituciones ni por sus principales accionistas.

Lejos de reconocer los fracasos y enmendar los errores, siguen “recomendando” las mismas medidas de liberalización y ajuste, financiando la construcción de megaproyectos al servicio de las grandes empresas o generando deuda externa ilegítima. No han querido ver en la crisis financiera y económica la prueba de su fracaso, sino todo lo contrario. Ambas instituciones están reforzándose gracias a esta crisis. En ambas instituciones se han dado ampliaciones de capitales o incremento de los fondos disponibles. En abril de 2009 el G20 designó el FMI como vehículo central para la salida de la crisis y triplicó la capacidad prestadora del Fondo, pasando de 250.000 millones de dólares a 750.000 millones. Según Jubilee USA, “en 2014 la capacidad de préstamo del Fondo a los países de bajos ingresos será 10 veces superior a la que la institución tenía antes de la crisis“.

Los nuevos fondos deben destinarse en teoría a hacer frente a la crisis y a sus impactos, pero paradójicamente vienen acompañados de las condiciones de siempre, medidas como la liberalización del sector financiero y bancario, o la imposición de limitaciones al gasto social y al déficit público. Varios informesde organizaciones sociales muestran cómo los préstamos que el FMI ha otorgado para hacer frente a la crisis contienen condicionamientos al más puro estilo del Consenso de Washington. En el estudio realizado por la red europea Eurodad sobre los préstamos post-crisis otorgados a 10 países empobrecidos, se evidencia la existencia de condicionamientos para reducir o congelar salarios, reducción de déficit y recortes en el gasto social o trasladar los aumentos de precio del petróleo y los alimentos a los ciudadanos en forma de impuestos indirectos y subidas de precios.

Nuevas formas, nuevos temas, nuevos países… los intereses de siempre

Pero no nos engañemos, no todo sigue igual que hace 10 años en el BM y el FMI. El Banco Mundial, por ejemplo, se ha ido amoldando a los nuevos tiempos, ampliando su campo de acción, adaptando su discurso a las nuevas tendencias y renovando sus estrategias.

Así, por ejemplo, se ha posicionado como un actor clave en la gestión de los fondos financieros para afrontar los retos del cambio climático. A pesar de la oposición de buena parte de la sociedad civil, el Banco Mundial administra ya hasta 12 fondos del mercado de carbono, con un valor de más de 2.500 millones de dólares, y un buen número de fondos de inversión relacionados con el cambio climático (tecnología limpia, energía renovable, bosques, MDL, …). De los 30.000 millones de financiación para la lucha contra el cambio climático comprometidos por los países ricos en la Cumbre de Copenhague en diciembre de 2009, se han hecho efectivos cerca de 8.000 millones, de los cuales el 42% se ha canalizado a través del Banco Mundial, y buena parte de éstos se aplicarán en forma de préstamos.

El interés del Banco Mundial en la lucha contra el cambio climático responde básicamente al interés de hacerse con este nuevo pastel de financiación. Y la prueba de ello es que en los últimos años el BM ha seguido financiando proyectos que contribuyen al Cambio Climático. Así, según Jubileo Sur, entre 1992 y 2004 el BM aprobó más de 11.000 millones de dólares en préstamos para más de 120 proyectos de combustibles fósiles, representando el 20% de las emisiones globales actuales. Sólo entre 2007 y 2008 el BM financió 7.300 millones de dólares adicionales en proyectos de combustibles fósiles, y sólo 5.300 millones para energías renovables y eficiencia energética.

El Banco Mundial no sólo se adapta a los nuevos tiempos maquillándose de verde, sino que lidera un proceso de transformación de las finanzas para el desarrollo donde el sector privado pasa a ser protagonista. Efectivamente, el BM ha ido reforzando de forma progresiva la Corporación Financiera Internacional (CFI). Este organismo, perteneciente al Grupo del Banco Mundial, fue creado en 1956 para promover inversiones en el sector privado en los países del Sur, facilitando asistencia técnica y participando en la financiación de las iniciativas privadas o público-privadas. El presupuesto del CFI se ha quintuplicado desde 2002, con más de 18.000 millones de dólares comprometidos este año. El CFI deja en manos de intermediarios financieros (bancos, fondos de inversión, fondos de capital riesgo…) cerca de la mitad de sus préstamos, unos intermediarios con dudosa experiencia o interés en fomentar el desarrollo sostenible de los pueblos. De esta manera a través del CFI el Banco Mundial premia el principal sector responsable de la crisis financiera y económica que vivimos hoy en día.

El principio bajo el que actúa el CFI es la promoción de la inversión privada, sea cual sea esta inversión, siempre y cuando sea viable económicamente. Se priorizan criterios comerciales y financieros, más que sociales o ambientales, a la hora de elegir los proyectos donde invertir o los que apoyar. Buena parte de los recursos terminan yendo a grandes proyectos de infraestructuras y los principales beneficiarios son las empresas transnacionales de los países ricos. Cerca de dos terceras partes de las empresas que han recibido apoyo del CFI en los últimos años han sido empresas de países de la OCDE.

Además, el CFI ha sido denunciado por organizaciones de la sociedad civil de apoyar a empresas que operan o tienen sede en paraísos fiscales, fomentando así la fuga de capitales desde los países del Sur. El CFI ha sido también denunciado por la falta de mecanismos de control, evaluación, transparencia y participación de la sociedad civil.

En definitiva, el Banco Mundial, y en concreto el CFI, están promoviendo un modelo de privatización de las finanzas para el desarrollo. Un modelo que se está imponiendo en todas partes, como en el Estado español, donde se crean y refuerzan mecanismos de apoyo al sector privado, como el nuevo Fondo de Internacionalización de la Empresa española (FIEM). Un modelo que eleva a las empresas privadas a la categoría de agentes de desarrollo, sin tener en cuenta los impactos negativos que las actuaciones de estas empresas tienen sobre el bienestar de los pueblos y la defensa de los derechos humanos, como en el caso tanto de FIEM como del también nuevo Fondo de Promoción para el Desarrollo (FONPRODE).

Finalmente, y esto no sorprenderá a nadie, las IFI están traspasando fronteras que años atrás nos parecían infranqueables. El FMI está siendo un actor clave en la definición de las políticas de ajuste que están aplicando gobiernos como el español, el griego o el irlandés, al igual que lo había hecho con Argentina o la República Democrática del Congo años atrás. La frontera entre Norte y Sur, entre países desarrollados y empobrecidos desaparece cuando se trata de defender los intereses del capital. La línea que separa lo público y lo privado se difumina cuando se trata de conseguir esos mismos intereses.

Tal como denunciaba el llamado a la acción de las movilizaciones de Praga, el año 2000, “los vínculos entre el FMI, el BM, la OMC y las corporaciones transnacionales, buscan maximizar los beneficios privados y limitar el poder de los pueblos para proteger el medio ambiente, para determinar su modelo económico y garantizar los derechos humanos“. Ahora, igual que hace una década, sigue habiendo razones para oponerse a las políticas e incluso a la existencia de instituciones como el Banco Mundial y el FMI. Cambian las formas, pero no el fondo. Nosotras elegimos, reforma o…

Manifiesto del Movimiento de Resistencia Global (MRG), Praga, septiembre 2000.

Artículo publicado en Rebelión