España, rescatada pero no salvada

Hemos recibido la traducción del siguiente artículo de Raymon Zhong publicado el pasado día 30 de Octubre en The Wall Street Yournal, que nos deja un claro reflejo de como en el ámbito internacional se percibe la  actual situación de España y que por el interés de su contenido os trasladamos.

España, rescatada pero no salvada

por Raymond Zhong

Mientras Mariano Rajoy reflexiona sobre la posibilidad de otro rescate, la profunda disfunción política se mantiene. Este es el problema que no va a arreglarse con los rescates a Europa.

En los recientes intentos de España por enderezar su economía, ha surgido un patrón: intervención tras intervención, con titubeos a medida que el problema se agrava, “reformas” que acaban siendo subidas de impuestos (y en ocasiones lo que parecen ser “amiguismos”).

El mes pasado, La Moncloa anunció “quizás una de las reformas más necesarias” para hacer frente al “agujero de la deuda dejada por los gobiernos anteriores”. Desde 1998, España ha subvencionado la producción de energía renovable a través de primas en las tarifas eléctricas, exigiendo a las compañías eléctricas pagar a los productores de energías renovables un fijo por encima de los precios de mercado para su producción. Funcionó. En 2008, España fue responsable de la mitad de las nuevas plantas de energía solar creadas en el mundo en términos de potencia.

Pero para que la factura de la electricidad de los hogares no creciera demasiado rápido, el gobierno cubriría los costes adicionales de las eléctricas. El “déficit de tarifa” acumulado ha crecido hasta llegar a los 24 mil millones de euros en este año, y se prevé que continúe creciendo 5 mil millones de euros cada año (el déficit presupuestario para toda España en 2011 fue de 100 mil millones).

La solución dada en septiembre es un impuesto del 6% sobre toda la producción de energía, renovable o no. El Tesoro español también asumirá 2.1 millardos de euros en los costes del próximo año debido a las obligaciones pendientes. La aparición de nuevos impuestos sobre los residuos nucleares y la energía hidráulica complementarán las medidas, con lo que se espera eliminar el nuevo déficit a partir de 2013.

Al anunciar la reforma, la ministra Soraya Sáenz de Santamaría afirmó estar segura de que las medidas no afectarían a los hogares, Citi, sin embargo, estima que 1,1 millardos de euros de los nuevos ingresos del próximo año vendrán de los consumidores, a los que las eléctricas transmitirán sus altos costes.

Esta no es exactamente la reforma que los analistas esperaban unos meses atrás, en julio, el ministro de Industria, José Manuel Soria propuso gravar viento, la generación de energía solar y térmica a una tasa mayor que la producción de combustibles fósiles para pagar el déficit, déficit que después de todo, se había generado previamente para pagar a los productores de energías renovables. Pero el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro insistió en que el nuevo impuesto sería independiente de la tecnología.

Tenemos alguna idea de por qué: el hermano del señor Montoro y el hermano de su jefe de gabinete forman parte de un grupo de presión que asesora a empresas solares. “Este conflicto [de intereses] que estamos analizando no existe porque no hay una política fiscal en materia de energía que hayamos cambiado”, dijo el señor Montoro a Bloomberg en agosto. “Hemos hablado de ello, pero la política no se ha decidido.” La política se decidió en el Consejo de Ministros unas semanas más tarde.

El pesimismo brota en España cuatro meses después de que la UE haya rescatado a los bancos españoles y casi dos meses después de que Mario Draghi comprometiera al Banco Central Europeo a reducir los costes de endeudamiento de Madrid. Se espera que habiendo dejado atrás las elecciones de este mes en Galicia y el País Vasco, Mariano Rajoy esté a punto de hacer una petición formal a Europa para un rescate total, o eso se cree. Algunos sostienen que el presidente va a retrasar aún más la petición, para evitar que la decisión parezca fijada por el calendario electoral.

También hay dudas acerca de si Angela Merkel aceptará otra solicitud de ayuda, incluso si desde Madrid sólo se pide una línea de crédito preventiva en lugar de préstamos inmediatos. La máxima para el señor Rajoy es idéntica a la de todo adolescente: Si no estás seguro de obtener un “sí”, entonces es mejor no preguntar.

El lanzamiento de globos sonda es una estrategia para las reformas con la que los españoles están íntimamente familiarizados. Con el Partido Popular disfrutando de la mayoría más amplia de la historia en el Congreso, y dominando 11 de los 17 gobiernos regionales de España, el Sr. Rajoy es el líder más poderoso del país en décadas. Sin embargo, desde que entró al poder el diciembre pasado, el gobierno del PP ha gestionado tímidamente la crisis. Un banquero de Madrid llama a esto de manera poco halagadora el “enfoque japonés”.

La cautela parece estar funcionándole en el extranjero al señor Rajoy, cuyo desaborido y sumiso estilo político tiene su pariente más cercano en los burócratas del Partido Comunista de China. Como el presidente griego Samaras Antonis, el Sr. Rajoy posee el favor de la Sra. Merkel, siguiendo órdenes, produciendo con gotero reformas económicas y manteniendo la paz en casa. Un estilo Berlusconi o Papandreu parece poco probable que se de.

Como tan poco probable es que se de: una revisión del sistema de pensiones, una reforma seria del mercado de trabajo o una reestructuración de los edificios municipales y el sector público. Mantener un pie en el default permite el señor Rajoy no tener que hacer algo tan drástico: la mera promesa de un colchón del BCE ha provocado el desplome de los costes de financiación del país.

También libera el señor Rajoy para hacer frente a otras prioridades nacionales. En su primera aparición en la Asamblea General de la ONU el mes pasado, el Sr. Rajoy pidió a Gran Bretaña a reanudar las conversaciones bilaterales sobre la soberanía de Gibraltar, a lo que David Cameron se negó.

¿Por qué esta disfunción de la clase política? César Molinas, ex integrante del Ministerio de Economía y de Merrill Lynch, publicó un ensayo valiente en El País el pasado mes culpando al sistema electoral. Debido a que los votantes españoles eligen a sus legisladores mediante listas cerradas elaboradas por los barones del partido, los políticos responden a los líderes del partido y no a los votantes. Un sistema de first-past-the-post, defiende César Molinas, disolvería la influencia de las maquinarias partidistas.

La tesis tiene mucho a su favor. La estructura de los partidos, al mismo tiempo de arriba hacia abajo y altamente descentralizada, enreda a la capital en una telenovela constante con los gobiernos regionales.

Para el horror de Europa, el Sr. Rajoy aplazó la publicación de su primer presupuesto general hasta que los electores andaluces eligieran  a su nuevo gobierno, fue en marzo y tras tres meses en el cargo. Esto no fue debido a que el señor Rajoy necesitara necesariamente una mayoría de su partido en el decimosegundo gobierno regional, se debió a que el jefe del PP de Andalucía en ese momento, Javier Arenas, es un hombre de confianza del señor Rajoy. El Sr. Arenas desde hace años puja con Dolores de Cospedal, ambiciosa baronesa del PP en Castilla-La Mancha, por influencia dentro del partido.

Sin embargo, la disfunción tiene también una explicación más sencilla, la importancia en España del enchufismo, del estar conectado. No hay trabajo, ni en el banco central, ni en el Tribunal Constitucional o el cuerpo diplomático al que se pueda llegar sin la aprobación de los jefes del partido. La burbuja inmobiliaria comenzó cuando las cajas de ahorros regionales se convirtieron en vehículos para los préstamos dirigidos políticamente.

De ahí que todos los partidos estén poblados de mediocres a todos los niveles: desde José Bono, antiguo ministro de defensa de los socialistas, un populista al estilo campechano centroamericano; al ministro de Educación, José Ignacio Wert, quien se comprometió a “hispanizar” a los niños catalanes para resolver la crisis secesionista.; o al ex-secretario general del Partido Socialista José Blanco, quien recibió la Gran Cruz de la Orden de Carlos III el diciembre pasado, sólo dos días después de que el Tribunal Supremo abriera una investigación sobre acusaciones de soborno.

Y en España como en otros países, el privilegio clientelar es su propia propagandista. Una encuesta de 2010 realizada por Monster hizo público que el 72% de los españoles querían trabajar en la administración pública, “no hay emprendedores en España”, me comentaba un gestor de inversiones con tristeza.
Como en el lío de España, en la crisis de Argentina de hace una década (esta es la comparación que a nadie le gusta que aparezca) había fundamentos económicos claros. Pero el daño profundo se hizo también para la reputación del gobierno argentino. Mucho es arbitrario y cruel acerca de cómo España se rige, también. La descripción en 1937 de W.H. Auden en su poema “España” viene a la mente: “that arid square, that fragment nipped off from hot / Africa, soldered so crudely to inventive Europe.”

Fuente: The Wall Street Yournal

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Una recomendada lectura.

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Cambio de modelo productivo: ¿de qué estamos hablando?

La necesidad de cambiar el “modelo productivo” de nuestra economía se ha convertido en un eje central del debate político.

Parece evidente que se da una gran coincidencia a la hora de reconocer que el modo en el que se ha desenvuelto en los últimos años es insostenible, sobre todo por el peso desproporcionado de la actividad inmobiliaria, por la rápida volatilidad del empleo que se creó, por su negativo impacto sobre el medio natural o por el excesivo endeudamiento que ha generado, entre otras razones. Sin embargo, tengo la impresión de que no hay tanta coincidencia a la hora de definir lo que entendemos por modelo productivo, de determinar los elementos que habría que modificar o los resortes sobre los que se podría actuar para conseguir cambiarlo.

Eso es lo que podría estar dando lugar a que los debates y propuestas sobre el cambio del modelo productivo se reduzcan en la mayoría de los casos a incidir en aspectos parciales (tipo de actividades y reformas laborales, principalmente) que a la postre no van a poder ser suficientes para lograr cambios sustanciales en nuestra vida económica.

En mi opinión, habría que tener en cuenta que cuando hablamos de modelo productivo hacemos referencia a la combinación de cuatro componentes o elementos esenciales, cada uno de los cuales contiene a su vez otros más, que están interrelacionados entre sí.

El primero de ellos se refiere al tipo de actividades predominantes en la economía y suele ser el componente que más comúnmente sirve para simplificar la expresión de un modelo productivo. Así, decimos que el español se ha caracterizado por el predominio de la construcción o que hemos de ir a otro basado en nuevos perfiles sectoriales. La Fundación Ideas, por ejemplo, propone en su informe Ideas para una nueva economía. Hacia una España más sostenible en 2025 la nueva especialización de la economía española en sectores de alto potencial innovador como energías renovables, ecoindustrias, tecnologías de la información y la comunicación, biotecnología, industria aeroespacial, industrias culturales y servicios sociales y, por otro lado, la reorientación de otros más tradicionales y problemáticos como la construcción, el turismo y el transporte.

En segundo lugar, un modelo productivo es un modo específico de uso de los factores productivos. Todos intervienen pero es evidente que se pueden utilizar con más o menos intensidad y de un modo u otro. La utilización de un volumen muy elevado de población inmigrante, por ejemplo, la mayor o menor participación de las mujeres en el mercado laboral, las condiciones de acceso a la financiación, la mayor o menor concentración en la propiedad de la tierra o del capital, el grado de formación de la mano de obra, la naturaleza de las cadenas que se establecen entre los diferentes factores, la naturaleza del mercado de trabajo y de las normas que lo regulan, la cantidad y el modo de consumir energía, la producción de deshechos, etc., conforman modelos específicos de producir bienes y servicios y contribuyen, por tanto, a definir modelos productivos diferentes. El mencionado informe de la Fundación Ideas propone en este sentido actuaciones para mejorar la productividad, aumentar la calidad de la educación y el sistema de formación profesional y para generar un elevado volumen de empleo para niveles de cualificación medios y altos o reducir las emisiones contaminantes y conseguir una mayor eficiencia en la utilización del agua, el suelo y los recursos naturales.

Naturalmente, este segundo componente está muy imbricado con el anterior así como los dos que restan y los cuatro en su conjunto entre sí. Cada tipo de actividad tiende a generar un uso específico de los recursos, aunque también el uso que se permite hacer de éstos últimos determina en gran medida el tipo de actividad que resulta predominante.

En tercer lugar, cuando hablamos de modelo productivo hemos de considerar que éste incluye indisolublemente ligado a los dos elementos anteriores una pauta singular de reparto de los ingresos. Cada modo de producir determinado por el tipo de actividad y por los factores utilizados implica una específica forma de retribuirlos y, lógicamente, también un montante diverso de renta para cada uno de sus propietarios.

Esta distribución originaria, que nace de la retribución directa a los factores que participan en la producción, puede modificarse o no por la redistribución que lleva a cabo el Estado, y condiciona, como también señala el informe de la citada Fundación, la sostenibilidad social del modelo. Y, en todo caso, su naturaleza resulta fundamental: la mayor o menor participación de los salarios en el conjunto de las rentas, por ejemplo, no solo conformará incentivos diferentes según cuál sea sino que influye también en el grado en que la demanda efectiva va a poder sostener al modelo. Y un desequilibrio muy grande a favor de las rentas del capital, cuyos propietarios tienen menor propensión al consumo, unido a una estructura o regulación inadecuada del sistema financiero (como la que ha hay), puede producir una derivación de recursos hacia la inversión financiera o hacia la especulación que debilita la actividad productiva, condicionando así la morfología del modelo.

Finalmente, podríamos decir de manera gráfica que esos tres elementos del modelo productivo están envueltos en un abanico bastante amplio de factores de entorno o medioambientales, normas y derechos, instituciones, sistemas de toma de decisiones, regímenes de propiedad, gustos, cultura, valores éticos,…. que conforman un último elemento muy importante, al menos, por tres razones. Primero, porque sus diferentes componentes establecen lo que se puede o no se puede hacer (en la literatura académica se denominan property rights, aunque también se han calificado, creo que adecuadamente, como poderes de apropiación). Segundo porque, según cómo sea su naturaleza, generan o disminuyen los costes de transacción, es decir, los que lleva consigo realizar la actividad económica, unos costes que si no se gestionan correctamente pueden llegar a paralizarla. En tercer lugar, porque además proveen los incentivos que van a determinar en gran medida el comportamiento de los sujetos económicos y que también deben estar en sintonía con el tipo de modelo al que se aspira.

Pueden impulsarse grandes transformaciones en el tipo de actividad, en el uso de los factores o en la distribución de la renta pero si estas condiciones del entorno en el que se desarrolla la vida económica no se conjugan adecuadamente con todos ellos será muy difícil que puedan llevarse a cabo con éxito.

Por eso es fundamental comprender la interrelación que se da en todo momento entre estos cuatro elementos y descubrir el modo en que se puede actuar sobre todos ellos sabiendo que normalmente va a ser muy difícil que se pueda incidir sobre el conjunto al mismo tiempo o con la misma intensidad.

Unas veces, los cambios en esos elementos pueden llevarse a cabo exógenamente, mediante modificaciones en las normas o incentivos que tienen la capacidad de incidir en el comportamiento de los sujetos y en el uso de los recursos. Pero en otras ocasiones, o en relación con algunos aspectos concretos de los diferentes elementos (por ejemplo, en las expectativas, en la mayor o menor aversión al riesgo, o en lo relativo a la movilización de grandes volúmenes de recursos) quizá eso no sea posible nunca o a corto y medio plazo. Casi siempre, la actitud de los sujetos económicos (individuos y empresas, principalmente, pero también administraciones públicas) ante la evolución o las expectativas de cambio del modelo depende de su posición ante él, de sus privilegios, del poder de decisión del que disponen, y eso crea inercias que son muy a menudo una de los grandes dificultades para impulsar los cambios.

Otras veces, es el propio modelo el que busca el cambio, el que genera tensiones internas que se resuelven en transformaciones: los empresarios desarrollan nuevas actividades para obtener beneficio, los individuos amplían su formación para lograr mejores empleos, o unos y otros aceptan otra pauta distributiva para mejorar su posición futura o como resultado de su debilidad o fortaleza presente.

A menudo, también predominan factores retardatarios que actúan como frenos y dificultan esta readaptación endógena o autónoma del modelo o que la hacen tan lenta que resulta incapaz de proporcionarla: el velo de ignorancia que, al igual que decía Rawls que ocurre en relación con la justicia, afecta a todas las conductas económicas, la existencia de desincentivos, la carencia de adecuados sistema de información…

En estas ocasiones es fundamental la acción gubernamental pero nunca estará asegurada que ésta vaya a ser la adecuada o que, en lugar de corregir los factores que retardan el necesario cambio de modelo, los empeore.

En definitiva, me parece que a la hora de hablar de cambio de modelo productivo deberíamos tener presente:

a) Que hay que transformar el conjunto de los elementos que lo definen y no solo algunos porque todos ellos lo conforman.

b) Aunque hay que poner en funcionamiento y actuar sobre todos los resortes que influyen sobre el desenvolvimiento del modelo, es preciso detectar con acierto cuáles de ellos resultan determinantes en un momento dado o cuales pueden bloquear los cambios si no tienen un funcionamiento adecuado (por ejemplo, es muy difícil pensar que la estrategia de cambio de modelo productivo en España sea exitosa si no se dispone de una estrategia y de un sistema de financiación que asegure a corto, medio y largo plazo los recursos que se necesitan para ello, o que pueda lograrse una posición satisfactoria de las empresas en los mercados si la regulación del mercado laboral solo está encaminada a reducir los costes del trabajo y eso deprime la demanda efectiva).

c) Los cambios de modelos productivos, en la medida en que afectan como he señalado a un abanico de elementos tan variado de la vida económica, social y política, o se producen muy lentamente a partir de su propia dinámica endógena, salvo en casos de saltos producidos por circunstancias extraordinarias, o, cuando quieren ser impulsados desde fuera del propio modelo, requieren un empuje conjunto muy potente. Por eso los procesos de cambio precisan de acuerdos sociales amplios y a ser posible explícitos, para que sean efectivos, sobre todos los aspectos de transformación que conllevan, y particularmente los distributivos.

d) Finalmente, lo más posible es que los procesos de cambio de modelo productivo terminen siempre de modo muy diferente a como fueron inicialmente diseñados precisamente porque su desarrollo implica inevitablemente la puesta en marcha de procesos en donde los individuos, las instituciones, las empresas y los grupos sociales comienzan a tener nuevos tipos de comportamientos y respuestas a los procesos y a la actividad económica. Pero eso no puede llevar a creer que estos procesos pueden concluir bien cuando se abordan improvisada o parcialmente y sin tener en cuenta la dinámica histórica en la que se producen.

Si el tomar en cuenta todos estos diferentes elementos del modelo productivo es una cuestión esencial en términos generales, creo que lo es mucho más cuando se hace referencia a las cuestiones laborales y al mercado de trabajo. Basándose en las hipótesis de partida del modelo neoclásico, las corrientes liberales suelen presentar los problemas relativos al empleo como algo que se resuelve exclusivamente en el mercado laboral. Eso está llevando a realizar propuestas basadas en una regulación laboral que se supone es la favorable que condiciona el buen funcionamiento del modelo cuando en realidad no se está teniendo en cuenta su efecto negativo sobre los demás elementos: actividades de bajo valor añadido y productividad, desigualdad, desincentivos, malestar social y escaso potencial de crecimiento.

Artículo publicado en la revista Temas para el Debate

Juan Torres López – Consejo Científico de ATTAC

Salvar a los bancos ¡y a callar!

Estamos en las vísperas de que se vuelva a producir, ahora en Irlanda, una nueva intervención para devolver la rentabilidad a unos pocos bancos con un coste tremendo que una vez más se hará recaer sobre la ciudadanía que no lo ha causado: “La UE exigirá a Irlanda subidas de impuestos para devolver el rescate”, titula la prensa.

Y de nuevo comprobamos que solo hay una cosa tan infame como el comportamiento de la banca y los financieros que han provocado esta crisis: la cobardía y la complicidad de las autoridades que no se atreven a ponerlos firmes y a someterlos al imperio de leyes justas que impidan que la economía mundial siga siendo un enorme casino en el que la banca se ha autoconcedido el derecho a establecer las reglas que a ella le conviene y a hacer trampas cuando y como le viene en gana.

Los descalabros continuados de la economía mundial que han tenido como punto culminante la crisis actual se han producido en última instancia como consecuencia de que la banca privada disfruta del privilegio de crear dinero (es decir, de obtener beneficios y poder) cada vez que genera deuda a cuenta de los depósitos de los clientes.

En lugar de limitar el riesgo que ello conlleva, los gobiernos cedieron a las presiones de los banqueros y han ido estableciendo una regulación del negocio financiero cada vez más permisiva, que deja hacer prácticamente de todo.

En los últimos años, los gobiernos y los bancos centrales han ido desmontando las normas legales que de alguna manera restringían ese poder de las entidades financieras para permitirles que se pudieran convertir en verdaderos chiringuitos financieros dedicados a promover la inversión especulativa mediante una ingeniería que no ha podido provocar sino crisis sucesivas y la última catástrofe en la que se encuentra todavía el sistema financiero mundial. Como dice un viejo refrán chino, nadie puede permanecer eternamente de puntillas. Por eso era inevitable que le ocurriera lo que le ha ocurrido a la banca y cuya consecuencia inevitable ha sido el también continuado deterioro de la actividad y el empleo porque en la misma medida en que los bancos generan dinero para la especulación financiera lo hacen escasear para la actividad productiva empresarial y el consumo.

Cuando el paroxismo especulativo de la banca internacional hizo estallar la crisis las autoridades de casi todo el mundo, a pesar de sus continuas declaraciones prometiendo poner orden y combatir la irresponsabilidad, como se llegó a escribir en algún comunicado del G-20, se han limitado a conservar el orden financiero sin osar poner límites a los privilegios de la banca. Y al limitarse a ayudar a los banqueros sin resolver los problemas de financiación que paralizaban la actividad han generado una deuda tremenda que los propios bancos han utilizado para empoderarse aún más y extorsionar a los gobiernos y a los pueblos.

Para ayudar y salvar a los bancos causantes de la crisis se les han inyectado docenas de miles de millones en sus balances, se han cambiado las normas legales, se les ha avalado para que sigan haciendo operaciones de gran riesgo, y se les sigue permitiendo que utilicen el dinero que reciben de las autoridades públicas para volver a obtener beneficios sin que vuelvan a poner en marcha el mecanismo de financiación que necesita el mundo empresarial y los consumidores. Algunos se han nacionalizado pero dejando que los dirigieran los mismos dueños de antes. Se han cambiado las normas contables para permitir que los bancos oculten a sus clientes y a la sociedad el quebranto patrimonial (en muchas ocasiones intencionado) que han provocado con dinero de otros, para que nadie sepa que en realidad están tratando con bancos zombis a los que solo mantiene en pie la ocultación y los privilegios de los que ningún otro sujeto económico disfruta.

En España, el gobierno se ha rendido poniéndose a los pies de los banqueros, se ha hecho con verdadera nocturnidad política una ley para que la banca privada se haga con las cajas de ahorros y para que en poco tiempo desaparezca cualquier atisbo de interés social en el sistema financiero. Y hasta una institución del Estado como el Banco de España se convierte públicamente y sin ningún disimulo en el mascarón de proa de los intereses de la banca privada presionando al gobierno y acorralando hasta con modos inimaginables a dirigentes de cajas de ahorros, como muchos de ellos podrían contar si en esas instituciones públicas y en estos negocios hechos con dinero de todos los ciudadanos hubiera la mínima transparencia que cabría esperar de una democracia.

Mientras que se salva y ayuda con docenas de miles de millones de dinero público a los bancos culpables de la crisis se deja que miles de familias que se han quedado sin empleo por su culpa pierdan también sus viviendas porque no pueden pagar unos pocos cientos de euros a bancos que obtienen beneficios multimillonarios.

Y todo ello, sin fondo, como vemos de nuevo en Irlanda y como veremos quizá dentro de poco en Portugal o quién sabe si en España en donde, a pesar de lo que se dice, los bancos, igualmente responsables de la situación de nuestra economía, han recibido ayudas de todo tipo en los últimos años.

El proceso que estamos viviendo pasará a la historia como el que permitió que los manifiestamente culpables de un descalabro económico quizá sin parangón no solo no hicieran frente a sus responsabilidades sino, además, para que aprovecharan las respuestas que las autoridades dieron al daño que provocaron para enriquecerse aún más y para aumentar su poder político e imponerlo sobre el conjunto de la sociedad.

La enseñanza de todo esto es que la economía no funciona como nos quieren hacer creer, como un subsistema aislado de la ideología, del poder y la política sino que es una parte más de los mecanismos políticos y de decisión. Nada de lo que ha ocurrido podría haber sucedido si la gente tuviera noticia de lo que han hecho y de lo que hacen los bancos con su dinero, si se conocieran sus negocios de blanqueo y las operaciones en los paraísos fiscales, si se supiera a quién financian y a quién le niegan financiación, si se impidiera que los bancos influyan en los medios de comunicación o en las fuentes del conocimiento, si se permitiera que los ciudadanos hablaran y debatieran abiertamente sobre lo que conviene a unos y otros y sobre lo que se puede dejar hacer y lo que no.

En lugar de permitir que eso suceda, los bancos se han convertido, a la par que en la principal fuente de alimentación de la economía especulativa que ahoga a los empresarios que quieren crear riqueza y a los ciudadanos normales y corrientes, en el sostén de los principales instrumentos de persuasión y manipulación orientados a convencer a la gente de que las medidas que se toman para que los banqueros y las grandes empresas ganen más dinero son inexcusables porque responden a una mecánica con lógicas propias y autónomas, como las de un reloj que se lleva al técnico para que repare el mal funcionamiento de alguna de sus piezas. Y, por tanto, sobre las que la ciudadanía no tiene por qué pronunciarse. Si nos dicen que para condenar los crímenes del gobierno de Marruecos hay que ser experto, ¡qué no habrá que ser entonces para criticar la política financiera del gobierno o de los bancos centrales, por muy evidente que sea el que benefician siempre a los mismos!

Gracias a la idea de que la economía es “cosa de expertos” y técnicos se va generando el clima de conformismo social sobre las políticas económicas que permite que se lleven a cabo sin grandes dificultades las medidas vergonzosas que se están aplicando.

El principal y hasta ahora exitoso empeño de banqueros y grandes patronales es el de producir el suficiente consenso para que nadie ponga en cuestión lo que a ellos les conviene. Eso es lo que les da la seguridad y convicción de la que Carlos Menem hacía gala en Argentina cuando permitía, como lo están permitiendo ahora los gobiernos europeos, que los bancos robaran a manos llenas a los ciudadanos: “pueden hacer mil marchas, mil huelgas, nada cambiará”.

Es más o menos lo que ahora piensan y dicen en Europa, hasta que los ciudadanos se harten y hagan frente a esta infamia.

Fuente: JUAN TORRES LÓPEZ / Artículo publicado en Sistema Digital.

  • Consejo Científico de ATTAC España.
  • Doctor en CC. Económicas y Empresariales.
  • Catedrático de Economía Aplicada en la Facultad de CC. Económicas y Empresariales – Universidad de Sevilla – Departamento de Análisis Económico y Economía Política.

Ignacio Ramonet: «Los periodos de crisis hacen surgir a monstruos como Hitler o Stalin».

Entrevista en La Opinión de Málaga

No acostumbra a fumar puros. Tampoco luce una barba prusiana, pero su literatura, cerebral y atrevida, le ha convertido en uno de los grandes gurús de los movimientos sociales. Profesor de La Sorbona, consultor de la ONU, ideólogo de Attac, Ramonet participó ayer en el ciclo de conferencias Europa en el mundo: nuevos retos y compromisos, organizado en el marco de la iniciativa Málaga Mundi.

¿Europa está haciendo los deberes para salir de la crisis?
Europa no ha aprendido la lección y no ha sabido plantear una alternativa al sistema, pese a que en el momento de estallido de la crisis, la mayoría de los países apostaba por regularizar el mercado. El capitalismo se basa en la armonía entre las leyes y el mercado y la deriva ultraliberal tiene sólo treinta años. La historia ha demostrado que los dos extremos son perversos, la intervención totalitaria en la economía y la ausencia de controles. Los países más poderosos han optado por salir de la crisis mediante dos vías: estimulando la economía, como está haciendo Estados Unidos, o priorizando la fortaleza de su moneda, que es el objetivo de Europa, lo que hace que muchos países deficitarios no puedan subirse a la evolución. Sin alternativas, la crisis volverá.

¿Hacia dónde se encamina la Unión Europea?
La Unión Europea es un concepto insólito en el mundo. Nunca antes se habían unido países tan diferentes con un objetivo común, lo que ocurre es que lo que antes se podía entrever como una solución puede llegar a ser un problema. Muchos países se han beneficiado de su entrada en la UE, pero en el futuro no es descabellado que se dé un movimiento centrífugo. La fortaleza del euro impide que muchos gobiernos puedan devaluar su moneda y sacar ventajas de las exportaciones, por lo que se intenta reducir costes a cuenta de los trabajadores. No hay que olvidar que el retraso de la jubilación responde a una consigna europea aprobada en 2002.

¿Se ha perdido la oportunidad de humanizar el capitalismo?
La sensación es ésa. Hace ya años que agentes como el Papa Juan Pablo II hablaban de la necesidad de humanizar el mercado, pero en eso es difícil en una fase tan neoliberal como la actual. Materialmente, sin embargo, es más que posible. Europa camina hacia el desmantelamiento del Estado del Bienestar y la gente se pregunta cómo puede ocurrir si se tiene en cuenta que la situación económica, a pesar de la crisis, es mucho más poderosa que cuando se crearon sistemas como la Seguridad Social, con un continente arruinado por la guerra.

¿El proceso de pérdida de derechos es inexorable?
Es una de las consecuencias de la globalización. Actualmente no hay nada que se mueva más rápido que el capital. La competencia de un trabajador español no es un trabajador español sino uno de países en los que los costes de producción, por la falta de garantías, son más baratos. Las empresas se deslocalizan e, incluso, en algunos casos ofrecen a los trabajadores la oportunidad de contar con ellos, pero eso sí, con el salario de este tipo de países.

¿Qué me dice de la ola de protestas ciudadanas? ¿Podrían dar otro rumbo a la historia?
Por el momento lo que se ha visto es la desesperación. Hay muchas personas que ya han agotado las prestaciones sociales. Se han dado casos de movilizaciones violentas, execrables, como las de Grecia, que miden el nivel de falta de soluciones de la población. Hasta ahora, no han servido para que los países cambien de política, pero la historia todavía no está escrita.

¿Teme un avance de la xenofobia y de la ultraderecha?
Ese avance ya se está produciendo. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, nunca hubo tantos países gobernados por la ultraderecha. Se tiende a culpar a los más débiles, al extranjero y eso se está dando también en gobiernos más moderados como el de Sarkozy. En Europa cunde la islamofobia y ahí está el peligro. No hay que confiar en la crisis para una solución constructiva y democrática, estos momentos históricos hacen aparecer monstruos como Hitler o Stalin.

Usted es hijo de republicanos exiliados, ¿cómo ha vivido la polémica en torno a la recuperación de la memoria histórica?
El proceso contra Garzón ha sido escandaloso. Es un caso insólito en Europa y ha sorprendido al mundo, que empieza a pensar si la instalación de la democracia está o no concluida en España. Exhumar las sepulturas es, si me apura, de caridad cristiana y no tiene nada que ver con reavivar los odios. Una controversia así impide a España dar lecciones a los países latinoamericanos que salen de regímenes totalitarios.

El ajuste de Krugman.

Hace algún tiempo el Nobel Krugman, refiriéndose a la economía española y tras observar el gran déficit de la balanza por cuenta corriente que había acumulado, que revelaba su débil posición competitiva, sostuvo que nuestro país se enfrentaba a un dilema. O bien recurría a la devaluación para abaratar las exportaciones y encarecer las importaciones, o bien producía un ajuste interno de precios y salarios con los mismos objetivos. Pero llegaba, inicialmente, a la conclusión que la devaluación no era posible por la pertenencia a la moneda común del euro, al cual lo consideraba como algo irreversible, decantándose, en consecuencia, por el ajuste interno.

Posteriormente cambió de opinión y vino a decir que aunque la operación de abandonar el euro era costosa y compleja, al final la estimaba como la opción más lógica, pensando en los interrogantes de los efectos y en las dificultades de un ajuste interno. En todo caso, hasta ahora la salida del euro no se ha producido, no se vislumbra en lo inmediato a pesar de que la economía española y otras economías integradas en la moneda única no acaban de digerir la pertenencia al euro y en ocasiones ha habido momentos, como en mayo pasado, en que todo parecía posible.

Se puede afirmar, pues, que la opción por el ajuste interno es la que prima por el momento. Y no tanto porque haya sido la alternativa elegida ante el dilema como porque se está imponiendo hasta el momento por la vía de los hechos. No hay un pacto social como postulaba Krugman para abordar el problema -cosa que podía considerarse imposible-, pero la realidad es que los salarios, fundamentalmente, están ajustándose a la baja, ya sea por las condiciones socioeconómicas, el paro masivo, la paralización de la negociación de los convenios o el recorte por la vía legal ,como ha sucedido con los sueldos de los funcionarios.

Frente a la devaluación, es decir la salida del euro, el ajuste interno tenía dos inconvenientes. El primero es que con él no se lograba el efecto general de abaratar exportaciones y encarecer importaciones como ocurre cuando un país devalúa su moneda: todas las mercancías y todos los servicios que se intercambia con el exterior recogen de inmediato el impacto de la variación del tipo de cambio. Un ajuste interno, por el contrario, como es producto de las circunstancias particulares de los distintos sectores productivos y de la casuística que se da en las empresas, desde situación económica de ellas, la posición defensiva de los sindicatos, y reacciones empresariales para obtener beneficios, origina un cambio muy desigual en los precios de los distintos bienes y servicios, y por tanto un ajuste también muy irregular en los precios de las exportaciones, con efecto más difíciles de evaluar en los intercambios exteriores.

Por otro lado, una devaluación de la moneda no tiene efectos depresivos sino más bien lo contrario, ya que favorece las exportaciones y la demanda interna frente a las importaciones, mientras que el ajuste interno de salarios, en la medida en que no se acompaña de un ajuste inmediato y semejante de los precios (en ese caso todos los precios relativos internos no se modificarían, pero sí con respecto a los precios exteriores, lo que sería equivalente a la devaluación), tiene un impacto recesivo sobre la actividad y la demanda, lo que si bien puede resultar beneficioso para corregir el problema del déficit exterior de una economía, agrava otros problemas como pueden ser una mayor desigualdad en la distribución de la renta, el aumento del déficit público por el impacto de la depresión en la recaudación impositiva y, sobre todo, lleva aparejado un incremento del paro, que en el caso de la economía española no se puede considerar como una secuela secundaria.

El déficit por cuenta corriente de la balanza de pagos española se ha corregido de un modo acusado a lo largo de 2009 y 2010. Desde el 9,7% del PIB que se registró en 2008, quedó reducido al 5,4% en 2009, y estará en torno al 4,7% en este año. Se podría pensar, por tanto, que la opción del ajuste interno está produciendo los efectos deseados y que cuando la economía se encamine a una recuperación no lo hará ya con la rémora de un desequilibrio exterior insostenible. De hecho el Gobierno de los brotes verdes, proclive a ver en el canto de un pajarillo, en cualquier dato insignificante, un anuncio de que lo peor de la crisis ya se ha superado, no deja pasar ocasión de resaltar y apuntarse como un éxito que el déficit exterior ha disminuido considerablemente.

En mi opinión, sin embargo, no sólo hay que ser más precavidos sino que sostengo que la importante cuestión de si la economía española podrá sobrevivir en el euro no se ha resuelto y está pendiente. Es indiscutible: el déficit se ha reducido sensiblemente, pero también hay poca duda de que esa reducción es resultado ante todo del grave hundimiento que ha sufrido la economía en los dos últimos años, como consecuencia de la crisis financiera internacional y la recesión generalizada posterior, del estallido de la burbuja inmobiliaria y del estrangulamiento del crédito que ha tenido lugar. Lo ocurrido en la balanza de pagos no es una mejora atribuible en lo fundamental a un ajuste interno de precios y salarios sino a la conmoción sufrida por la economía desde que se inició la crisis internacional en la segunda mitad de 2008.

Sería un error imputar a un ajuste interno la disminución del déficit exterior puesto que, sin perjuicio de que ese ajuste se haya visto facilitado por la depresión de los últimos dos años, esa mejora no cabe proyectarla en el futuro. Estamos hablando de una mejora que ha sucedido con una destrucción de 2 millones de puestos de trabajo, con una evolución del paro cuya tasa casi se ha duplicado hasta llegar al 20% de la población activa, con una caída acumulada a lo largo de 2009 y 2010 del 8% en la demanda interna y del 25% en la formación de capital bruta. De repetirse algo parecido, podría pensarse en una reducción aún mayor del déficit de la balanza por cuenta corriente, pero al precio ya de una catástrofe económica.

Sin que suponga anunciar la recuperación de la economía -problemas acumulados como el que se comenta y riesgos agudos impiden tal pronóstico-, cabe imaginar que se adentrase en un moderado crecimiento, el mínimo siquiera para evitar un aumento del paro. Es decir, una economía avanzando en torno al 2%, mínimo crecimiento estimado para generar algún empleo. Ello supondría que se detendría la disminución del déficit exterior y que comenzaría de nuevo a aumentar, desde un nivel nada despreciable, sin parangón con los registrados en otros momentos históricos con la peseta como moneda, y en unas condiciones en que el peso de la deuda exterior de la economía española es aún insoportable, en un país bajo sospecha de quiebra y con unos mercados financieros enrarecidos.

A este respecto hay que destacar que la reducción del déficit no se ha traducido en una mejora de la posición exterior de la economía, puesto que todo déficit implica lo contrario. Los pasivos financieros brutos de nuestro país frente al exterior -lo que se debe y nos pueden reclamar- ascendían a finales de junio de este año a 2,3 billones de euros, casi el 230% del PIB. Descontando los activos frente al exterior, que alcanzan 1,4 billones de euros, la posición deudora neta de la economía española frente al resto del mundo es de 0,9 billones de euros, una cifra casi equivalente a la del PIB, que es de 1,05 billones de euros. Esa posición deudora origina un saldo neto desfavorable de pago de intereses y rentas de inversión, que fijándolo sólo en un tipo de interés del 3% (los tipos de interés son más altos y tienden a aumentar por la desconfianza en la solvencia del país), significa que cada año la economía española inicia el ejercicio con el hándicap de un déficit exterior de la balanza por cuenta corriente de casi 3% del PIB.

Como es normal, una recuperación económica por modesta que sea implica un empeoramiento de la balanza de cuenta corriente, por el incremento que se produce de las importaciones, tanto más cuanto que en esta ocasión la recuperación no vendrá del estímulo a las exportaciones, como sucedió en la crisis de 1992/93 cuando las devaluaciones sucesivas de la peseta permitieron un crecimiento considerable de ellas, a las que cabe atribuir el papel catalizador de salida de aquella crisis. El panorama se enturbia algo más por el hecho de que la crisis de la economía española ha llevado a una destrucción considerable de tejido productivo, que se traducirá en una mayor dependencia de las importaciones en el futuro. Por otro lado, nuestro país estará en el ojo del huracán de toda crisis financiera general o particular de la zona del euro, por la simple razón de que es uno de los países más endeudados del mundo.

En las condiciones descritas, cabe poner muy serias reservas a la opinión de que la crisis exterior de la economía española está resuelta, que sólo debemos preocuparnos de algunos problemas internos (las reformas estructurales pendiente en el lenguaje dominante) para que la recuperación se inicie y que una vez puesta en marcha todo el camino se encuentra despejado.

Nada más lejos de la realidad, como he tratado de exponer. La crisis económica ha venido para quedarse, atrapado el país en una posición exterior insostenible de deuda y déficit, sin solución posible por la vía del ajuste interno que alguna vez, fugazmente, pensó Krugman. La izquierda, toda, debe tomar nota para preparar su estrategia.

Pedro Montes – Miembro de la Coordinadora Federal de Socialismo 21

Ataque a la Europa Social.

Hoy en día estamos viviendo un ataque frontal a la Europa Social. La supervivencia de los estados del bienestar de los países de la Unión Europea (y, muy en especial, de los países de la Eurozona) están siendo amenazados debido al desarrollo de políticas de austeridad del gasto público social, como parte de una estrategia de reducción de los déficits públicos y las deudas públicas de tales países. La lista de países y recortes es larga. España e Italia están recortando 15.000 millones de euros y 25.000 millones de euros respectivamente de sus presupuestos. Portugal está bajando su déficit para reducirlo a 3% del PIB en 2013, con unos recortes equivalentes al 6% del PIB en tres años. En Grecia el recorte es incluso más acentuado, 10% en tres años. En Alemania, la canciller Merkel decidió, ya en 2009, eliminar el déficit completamente para el año 2016, recortando 10.000 millones de euros por año. Un tanto semejante está ocurriendo en Francia, bajo la dirección del gobierno Sarkozy. País por país, los recortes son muy acentuados y generalizados.

Estas reducciones, sin precedentes en la Unión Europea, se están haciendo bajo el supuesto de que la disminución del déficit es condición indispensable para que se dé la recuperación económica y se inicie, de nuevo, el crecimiento económico. Se asume que el bajísimo crecimiento que hemos visto hasta ahora (el promedio en los países de la Eurozona ha sido sólo de un 1% por año desde 2001) se debe a que existe escasez de dinero en el sector privado, consecuencia del excesivo gasto público. Es más, se nos dice que esta escasez hace subir el precio del dinero (es decir, aumentar los intereses bancarios) y aumentar la inflación. De ahí la necesidad de reducir el déficit y el gasto público.

El problema con esta creencia (basada en fe, más que en evidencia) es que cada uno de estos supuestos es erróneo. Y además es fácil demostrarlo. Uno de los países que ha recortado más su déficit en la UE ha sido Irlanda. Tales recortes han contribuido a que su PIB colapsara, descendiendo nada menos que un 9% por año. Nunca un país había visto, desde el colapso de EE.UU. a principios del siglo XX -durante la Gran Depresión-, un colapso de su PIB tan acentuado. Ello determinó, por cierto, el consiguiente aumento del déficit público, mostrando, una vez más, que la mejor manera de reducir el déficit no es reduciendo el gasto público, sino aumentando el crecimiento económico. Un tanto semejante ha ocurrido en Grecia, donde la reducción del déficit impuesto por el FMI ha llevado a un colapso del PIB (que se calcula llegará a ser del 20%).

Que ello ocurra no debiera sorprender, pues la enorme recesión, que puede convertirse en depresión, se debe a un problema de demanda, consecuencia de la enorme polarización de la rentas, con descenso de las rentas del trabajo (y consiguiente bajada de la masa salarial como porcentaje de la renta nacional). Tal descenso de las rentas del trabajo ha forzado un enorme endeudamiento de las familias, que al colapsarse el crédito, resultado de la crisis financiera, crea un enorme problema de la demanda, que debe sustituirse rápidamente por la demanda creada con el gasto público. Reducir, en lugar de aumentarse el gasto público es un suicidio, no sólo para Europa, por cierto, sino para la economía mundial. De ahí que dirigentes de la política económica estadounidense como el director de la oficina económica de la Administración Obama, el Sr. Larry Summers, y el homólogo del Ministro de Economía y Hacienda en España, el Sr. Timothy Geithner, hayan criticado duramente las políticas de austeridad seguidas en la Unión Europea.

Pero, empeorando todavía más la situación, los poderes financieros, dirigidos por el Banco Central Europeo, están favoreciendo el incremento de los intereses bancarios para finales del 2010, y se resisten también a crear más liquidez (es decir, imprimir dinero) con el argumento de que puede aumentar la inflación, ignorando que el mayor problema que tiene la UE es la deflación, lo contrario a la inflación. Cada una de estas intervenciones mantendrá a la UE y la Eurozona en la Gran Recesión. Y en el peor de los casos pueden llevar a la Gran Depresión.

La pregunta que debemos hacernos es ¿por qué estas políticas, tan claramente erróneas, se están realizando? Y la respuesta tiene que ver con el enorme poder del capital financiero por un parte y el gran poder de clase por otra. Éste es responsable de una enorme polarización de la rentas del capital a costa de las rentas del trabajo, polarización alcanzada a base del desarrollo de las políticas neoliberales llevadas a cabo en ambos lados del Atlántico, desde los años ochenta. En realidad, fue esta misma polarización de las rentas la que explica el enorme crecimiento del capital financiero, que se ha beneficiado del elevado endeudamiento, creado por el descenso de las rentas del trabajo. El neoliberalismo es la ideología del capital financiero y de las clases dominantes a ambos lados del Atlántico. Y es el dogma de los establishments financieros, mediáticos y políticos de la UE (hoy controlados por las derechas).

¿Qué es lo que debiera hacerse?

La respuesta es bastante fácil. A nivel teórico, la experiencia del siglo XX es aleccionadora. Una, es la corrección de la obscena concentración de las rentas y de la propiedad. Nunca antes (desde los años veinte en el siglo XX) se había alcanzado tal concentración. Se requiere eliminar las reformas profundamente regresivas que tomaron lugar durante estos últimos cincuenta años. Tales cambios generarían enormes recursos al estado, que debieran invertirse en áreas sociales y físicas, creadoras de empleo, así como en nuevas áreas productivas (como, por ejemplo, nuevas formas de energía y transporte), todas ellas actividades que estimularían el crecimiento económico que disminuiría el déficit público y la deuda pública.

Estas medidas debieran complementarse con cambios muy sustanciales del sistema financiero, con redefinición de los objetivos de tal sistema, priorizando aquellos que sirven a la economía y no sólo a los banqueros y accionistas. Debiera recuperarse el concepto de servicios financieros, con creación de bancas públicas, redefiniendo las funciones del BCE para convertirlo en un Banco Central (que hoy no lo es), en lugar de ser un lobby de la Banca. Como tal, el BCE debiera responderle al gobierno europeo y al parlamento europeo (tal como ocurre con otras bancas centrales, como el Federal Reserve Board en EE.UU. y el Banco Central de Japón), con la responsabilidad de ayudar a los estados y a la UE a desarrollar sus políticas económicas (incluyendo la compra de deuda pública, revirtiendo los intereses a los países deudores). Una medida inmediata sería la impresión de euros en dosis mucho más acentuadas de lo que hace ahora. El BCE no ha tenido ninguna duda en imprimir millones y millones de euros para salvar a los bancos europeos. Pues bien, el BCE debiera hacer lo mismo para salvar a los estados de la Eurozona. El peligro de inflación no es inmediato. De ahí la urgencia de este tipo de intervención, pues el mayor riesgo es el de la deflación, no el de inflación. Por cierto, existe el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (EBRD) que parece adormecido y que debiera reavivarse para facilitar las inversiones en nuevos sectores productivos y de servicios.

Pero además de estas medidas, es importante y urgente hacer cambios importantes en la regulación del capital financiero y de sus mercados. Convendría que se desincentivaran las actividades financieras especulativas, gravando las transacciones a corto plazo (la Tasa Tobin). George Irvin ha calculado que un impuesto de un euro por cada mil de transacción generaría 220.000 millones de euros al año, más del doble del presupuesto actual de la UE.

¿Se tomarán estas medidas?

La respuesta depende del cambio de mentalidad de las izquierdas gobernantes en la UE, hasta ahora estancadas en el territorio neoliberal. Su falta de visión, su actitud acomodaticia y su carencia de coraje político les ha convertido en parte del problema, en lugar de en parte de la solución. De ahí que sin una transformación muy importante de estas izquierdas o su substicición por otras, estas alternativas no tendrán lugar. Ni que decir tiene que el poder económico y político y mediático de las derechas es enorme. Pero, por muy fuerte que sea (y lo es) puede vencerse si hay voluntad política, aunque España no es un ejemplo de ello. No ha habido voluntad política del gobierno PSOE de aliarse con las izquierdas, ni en 1993, ni en 2008. Y ello se debe a que el marco conceptual que dirigió sus políticas económicas era neoliberal. Y ahí está la raíz del problema.

Vicenç Navarro – Artículo publicado en El Viejo Topo

  • Consejo Científico de ATTAC España.
  • Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra.
  • Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University.