La Democracia y sus falsos amigos: nuevas perspectivas para nuevos avances.

Día internacional de la Democracia. Discurso pronunciado en Naciones Unidas el 15 de septiembre de 2010.

Juan Carlos Monedero – Profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid.

“Los cuatro puntos cardinales –dijo el poeta chileno Huidobro- son tres: el Sur y el Norte”. Bien podría hacer dicho que en el fondo son tan sólo uno, el Norte. Pero también sabemos, con Hegel y con el sentido común, que sin esclavo no hay amo. El Sur es una metáfora de la ausencia, de lo que no cuenta.

La teoría crítica es aquella que entiende que lo que existe no agota las posibilidades de la existencia. Walter Benjamin habló de cepillar la historia a contrapelo para contar la suerte de los perdedores, Paolo Freire nos trajo la pedagogía del oprimido y Francisco de Goya en su cuadro sobre los fusilamientos del tres de mayo de 1808, pintó a la derecha el ejército inclemente, geométricamente ordenado tal y como el canon de la razón manda, bien armado y dispuesto, digno de la Francia ilustrada de Napoleón. Pero no olvidó a la izquierda plasmar a sus víctimas, desordenadas, en el desconcierto sin armonía de la muerte, pero alumbradas por un farol que, al tiempo que negaba el brillo a las luces de la Ilustración, se lo entregaba precisamente a los que la historia, también la historia de la democracia, suele dejar fuera de foco.

Para los científicos sociales empezar citando a un poeta no sería bien considerado. Casi una cuestión de mal gusto. A la ciencia política no le gustan las metáforas. Sabemos que difícilmente Maquiavelo o Rousseau podría publicar en la American Political Sciencie Review. La ciencia social ha aprendido a rechazar todo aquello que no sabe medir, igual que aprendió a asumir como un dato de la realidad aquello que no sabe cambiar. Muestra una enervante incapacidad para construir nuevos indicadores que den cuenta de las nuevas realidades, y mucho menos se atreve, en nombre de la ciencia, a intentar, en expresión de Boaventura de Sousa Santos, una sociología de las ausencias o una ciencia política de las emergencias. Y lo que no mide, concluye, no existe. En ese juego de fuerza disfrazado de objetividad científica, aquello que existe pasan a medirlo con indicadores que, antes de hablar, ahorman las realidades sociales, como una zapatilla de Cenicienta en manos de príncipes caprichosos. Y disculpen otra vez una metáfora.

En nombre de la ciencia, se rellenan pizarras con fórmulas matemáticas para terminar diciendo que, en base a sus cálculos, es radicalmente imposible que ocurra lo que está ocurriendo, como se queja el filósofo gráfico Andrés Rábago. Lejos de abrir nuevos rumbos o teorizar ángulos ciegos, la ciencia política hace poco más que reforzar el statu quo.

En un reciente informe del PNUD se escucha una queja acerca de lo que llama “facilismo económico” de gobiernos que gastan, al parecer con alegría, en el bienestar de sus pueblos. ¿A alguien se le ocurriría hablar de “facilismo económico” o de “expectativas irrealizables” para referir los cientos de millones de dólares y euros gastados para rescatar a una banca irresponsable? ¿Por qué el reparto de bienestar a los pueblos es populismo y el reparto de bienestar a las élites es seriedad macroeconómica?

Llevamos muchos decenios con debates sobre la democracia prácticamente idénticos. Los problemas han sido identificados, mensurados y clasificados en listas que ya amarillean. Algunas causas son reiteradamente expuestas (señal de que no se solventan), los catálogos de soluciones se clonan y un cierto optimismo atraviesa a la academia oficial que confunde la acumulación de análisis repetidos con acumulación de conocimiento.

Sin embargo, las señales de mejoría no pueden ser más inequívocamente señales de empeoramiento. Estamos ante una crisis que afecta a todos los ámbitos de la vida: crisis económica, ecológica, alimentaria, inmobiliaria, financiera, energética, bélica, y también, aunque cueste medirla, de sentido. El cumplimiento de los objetivos del Milenio se aleja y los sistemas financieros rescatados hace unos meses han terminado, agradecidos, arrodillando a los países que los sacaron del agujero. Y disculpen de nuevo la ironía. Estos, a su vez, han golpeado las bases del Estado social y, de camino, la ayuda al desarrollo. Y ya es un lugar común decir que somos como los pasajeros que seguían bailando mientras el Titanic se hundía. Si el ser humano es racional ¿cómo es posible explicar esta inconsistencia? ¿por qué si supuestamente sabemos lo que nos pasa, no terminamos de salir de esto que nos pasa? Quizá, y ésta es una de mis hipótesis, lo que nos pasa, podemos decir con Ortega, es que no sabemos qué nos pasa. No parece suficiente que una discusión entre seis haya pasado a ser una discusión entre veinte.

Parece evidente que el moderno científico social, al igual que le ocurre a su época, tiene dificultades para pensar adecuadamente. Esto es, piensa mal. Y en esa senda, también piensa mal lo que sea y deba ser la democracia. Al mismo tiempo, y no es un problema menor, hay personas y grupos interesados en que esto sea así.

Resulta sorprendente que lo que el propio PNUD recoge como avances en América Latina en la última década –surgimiento de nuevos movimientos políticos, reconocimiento creciente de los derechos sociales (incluidas las minorías y las mujeres) mayor eficacia de los poderes ejecutivos, mantenimiento del equilibrio macroeconómico, la pérdida de la influencia del Consenso de Washington y el aumento de la autonomía- sean todos elementos puestas en marcha por gobiernos como el de Venezuela, Ecuador, Bolivia o Brasil que con frecuencia han caído en alguno de los muchos ejes del mal que dicta el Norte, sanciona la academia y publicita el medio de comunicación de turno.

Los científicos sociales pensamos mal porque con las herramientas conceptuales melladas con las que obramos no podemos salir del callejón sin salida en el que está metida la ciencia social desde, al menos, la crisis del modelo keynesiano a finales de los años sesenta.

La segunda parte del problema, insistimos, es la existencia de actores interesados en que, a lo sumo, algo cambie para que lo sustancial quede invariable. Que hay gente interesada en negar el pensamiento alternativo es tan evidente como el esfuerzo que se hace para hacer hegemónico un tipo de pensamiento y para presentar como anacrónico, inferior, débil o ideológico y malintencionado el alternativo. Se trata de un intencionado esfuerzo para debilitar las opciones alternativas. De no ser así, las democracias realmente existentes no insistirían en esas valoraciones negativas de una supuesta “izquierda carnívora” ni tolerarían con tanta facilidad esos saltos de gigante de la política a la empresa y de la empresa a la política que privatizan las magistraturas políticas hasta generar la sospecha, resucitada del joven Marx, de si no se han convertido en representantes de los intereses de las grandes corporaciones.

Resulta llamativo el creciente interés por asuntos mercantilizados (bien sean deportivos, musicales, televisivos o festivos), junto al evidente desinterés por los asuntos vinculados al quehacer político colectivo, pese a que el primero no ofrece sino identidades débiles –junto a cierta interacción del grupo al poseerse un tema común de conversación-, mientras que las segundas están ligadas al tipo de vida al que se va a tener acceso uno mismo y el resto de la ciudadanía. Una empatía racional que podría hacer de la reciprocidad un ejercicio constante de la vida personal y social, que se sustituye por la emocionalidad vacía de una fusión masiva y mercantilizada sobre la que no se tiene ningún control más allá de la posibilidad de comentar, en una esfera comunicativa cacofónica, opiniones incapaces de cambiar nada esencial. Esto no significa que esos ámbitos de identidad –ligados, repetimos, al deporte o a actividades culturales- no sean relevantes y puedan, incluso, abrir vías ricas para el ahondamiento democrático. Significa que el control que se ejerce sobre ese ámbito hace bien difícil ese contenido emancipador, funcionando, por lo común, como algo compensatorio y consolador.

Hay cierto consenso en que estamos en un cambio de época que afecta al diagnóstico de la democracia y a su terapia. Un momento de activar los frenos de emergencia para no precipitarnos al vacío. Un mundo se marcha, aunque no termina de despedirse, y otro se aproxima, aunque no termina de llegar. El desarrollo tecnológico está obrando un cambio civilizatorio y ciertas inercias, a veces institucionales, no dejan que esas fuerzas desplieguen toda su capacidad emancipatoria. Como todo cambio político, por definición puede caer del lado de la regulación o del lado de la emancipación. Ese cambio civilizatorio puede mercantilizar aún más todos los ámbitos sociales o puede generar una corresponsabilización y una consciencia que permitan un nuevo salto en el proceso de democratlización. Le corresponde a organismos esenciales como Naciones Unidas acompañar a la prudencia de tiempos imprudentes, la audacia de tiempos de transformación.

¿Por qué se mueve en zigzag tambaleante la reflexión sobre la democracia? Debemos entender que las tres grandes autopistas que nos han traído hasta la actualidad –el Estado moderno, el sistema capitalista y el pensamiento moderno- están sometidas a grandes mutaciones que los cuestionan, al tiempo que no hay en el horizonte alternativas a la altura de su capacidad demostrada. Se sabe lo que no se quiere pero aún no es momento de saber con claridad qué y cómo se quiere.

Sin embargo, podemos afirmar que ninguna respuesta sería tan irresponsable como pretender regresar a un pasado idealizado y que ya no existe. El Estado moderno está desbordado por problemas para los que es muy pequeño o demasiado grande, y las respuestas que ofrece, basadas en la competitividad entre Estados y no en la complementariedad, ahonda en la crisis que lo pone en cuestión. El sistema capitalista vive ahora mismo una de sus recurrentes crisis, y si bien es difícil saber si se trata de una crisis “del” capitalismo o una crisis “en” el capitalismo, parece evidente que su abanico de respuestas cada vez es más reducido y sus soluciones más dramáticas. Por último, el pensamiento de la Modernidad está confrontado por el lastre de su linealidad (que deja fuera de vista lo que ignora su visión simplista del progreso), por su eurocentrismo y occidentalismo (que le hace olvidar, por ejemplo, que hubo antes democracias en América Latina que en Europa), por su productivismo (que hace de la tierra un recurso supuestamente inacabable y que ya ha logrado hacer de la mitad del planeta tierra un yermo irrecuperable) y por su machismo (que no permitió que la mirada femenina complementara en igualdad de condiciones a la mirada masculina, empeñada en tutelarla y condenarla a la “infantilidad” del que “no fona”, del que no tiene voz).

Sólo entendiendo los cuellos de botella a los que nos conducen estas tres cansadas autopistas, podemos replantearnos algunos supuestos que superen igualmente los callejones sin salida de una democracia basada en el Estado nacional, en el pensamiento moderno y en el capitalismo, especialmente en la fase de globalización actual en que los procesos de valorización del capital han puesto a su servicio, sin posibilidad de marcha atrás, el resto de los órdenes sociales.

Esto no significa que el Estado, el capitalismo o la modernidad estén muertos. Ya sabemos en qué quedaron esos certificados prematuros de defunción en el pasado. Y tampoco significa que haya que derribarlos sin saber por qué van a ser sustituidos. Significa que, y este es un plano normativo que está en la política al menos desde Aristóteles, hay que utilizar sus potencialidades para dar un salto a la altura del cambio civilizatorio en curso y que nos sitúe en otro momento de la humanidad. Si hablamos de “déficit democrático” hay ahí una valoración normativa. Atrevámonos a ir hasta el fondo.

Igualmente, la crisis de estas tres grandes autopistas sitúa en un nuevo lugar la discusión acerca de la democracia “realmente existente.” La desafección ciudadana; el cuestionamiento de la capacidad de la representación para autorizar a los gobiernos (no basta ganar elecciones para gobernar); la incapacidad del modelo para lograr autogobierno, igualdad y justicia, claves para su legitimidad; la irrupción de nuevas formas de articulación política que priman la identidad como forma de crear cemento social; el aumento de las “zonas marrones” donde operan sin reglas estatales las diferentes mafias, corporaciones, narcotraficantes, terroristas, clubes u otros estados que hurtan su responsabilidad; la naturalización de actores no democráticos como determinantes necesarios en la gestión de las democracias (mercados, empresas transnacionales, organismos financieros internacionales, bufetes de abogados) o la misma pérdida de legitimidad de las instancias internacionales con base democrática, son todos elementos que invitan a un esfuerzo de clarificación conceptual que vaya más allá de un ejercicio intelectual o una justificación de lo que ya existe.

Es tiempo, señoras y señores, también de gestos que señalen la posibilidad del cambio. En el día internacional de la democracia, cabe una pregunta. Los pueblos han demostrado una enorme paciencia siempre y también recientemente. Valga pensar en desastres como el Katrina en Nueva Orleans, el Tsunami de Indonesia, el terremoto de Haití o la riada de Pakistán; en derrames petroleros como el del Golfo de México o los constantes derrames, más silenciados, en Nigeria, presentados como menos graves sólo porque tienen lugar en África y no en el Norte opulento; los abusos contra los derechos humanos que estremecen en Palestina, en la franja de Gaza, en la Nicaragua de los años ochenta, condenados en este caso por Naciones Unidas; las matanzas de etnias por etnias en países de África (casi siempre acompañadas e instigadas desde países desarrollados), el asesinato de demócratas, comunistas, disidentes o rebeldes en Asia, en América, pongan ustedes, en definitiva la atrocidad que quieran referir, nos hace pensar, decía, si no va siendo hora de algún gesto que dé esperanza a los sin esperanza: un Jefe de Gobierno que dimite por no poder cumplir su programa electoral, un Gobernador de un Banco Central que entrega el cargo porque le pesa más el bienestar de su pueblo que las presiones de los mercados o de las instancias financieras internacionales, un Presidente de Asamblea que deja la magistratura porque no puede hacer las leyes ni controlar al gobierno, un Secretario de Asamblea general de Naciones Unidas que abandona el cargo porque no acepta mandatos ni vetos de nadie que no sea el G-192…

Podemos leerlos como gestos vacíos, como gestos demagógicos o también como señales de una nueva manera de entender la democracia que avance en la senda del autogobierno, la libertad y la justicia. Porque, recordemos, estamos hablando de democracia.

La discusión sobre la democracia no va a avanzar en tanto en cuanto no se entienda que los avances democráticos nunca han sido una concesión graciosa de ningún poder. La Revolución Francesa sentó las bases para los derechos civiles, identificando como enemigo a la monarquía y a la aristocracia en donde primaba la herencia de familia por encima del mérito. Las revoluciones de 1830, de 1848, la Comuna de París de 1871, identificaron como enemigo al privilegio y la exclusión y sentaron las bases del sufragio universal y los derechos políticos. La revolución mexicana de 1910 o la rusa de 1917, sentaron las bases de los derechos sociales, señalando como enemigo a la explotación y al autoritarismo por el que se deslizó el pensamiento conservador en el periodo de entreguerras, el que llevó a la derecha, liberada de compromisos democráticos, al fascismo, al nazismo o al franquismo. Aunque de manera menos nítida, el mayo del 68 sentó las bases para los derechos de identidad y una nueva oleada de derechos individuales y colectivos que acompañó a los procesos de descolonización, a la incorporación de la mujer a mayores niveles de ciudadanía, a una mayor libertad sexual y a una crítica general al autoritarismo y la violencia que tuvo como enemigos a rescoldos de la guerra mundial escondidos en la guerra fría, a la deriva autoritaria soviética, a cúpulas eclesiásticas y a sectores militaristas, sin olvidar el sempiterno patriarcalismo que dice mujer y piensa inferioridad y subordinación.

Este análisis demostraría, frente a interpretaciones tan amables como insostenibles, que la democracia nace, crece y se consolida contra sus enemigos. La discusión sobre el futuro de la democracia tiene aquí uno de sus principales palancas o frenos. En la corriente principal de la ciencia política, estos principios se asumen solamente en el discurso, pero no en la práctica. La retórica liberal mantenía la prohibición del mandato imperativo como un elemento funcional a la construcción de mercados nacionales. Pese a la evolución del sufragio censitario al sufragio universal, se mantiene en los parlamentos actuales, aunque la práctica de los partidos políticos la niega sistemáticamente. De la misma manera, hay un discurso sobre la soberanía popular, la justicia, la libertad que, al tiempo que se expresa, es hurtado precisamente por los enemigos de la democracia. Había un solo Muro en Berlín, pero parecían mil. Hay muros entre Palestina e Israel, entre México y los Estados Unidos, entre Marruecos y España, entre Marruecos y el Sahara, pero parece que no existen porque los que los levantan tienen el don de etiquetar y hacer que la carga de la prueba recaiga sobre las víctimas. La lucha democrática, cuando renuncia a los hechos, complica su trabajo pues tiene lugar contra el fantasma de un discurso dicho por antidemócratas en nombre de la democracia.

Ignorando este aspecto, los teóricos se refieren al discurso, los medios se refieren al discurso, las asambleas se refieren al discurso, Naciones Unidas se refiere al discurso, pero los pueblos viven en las prácticas. Eso explica ese alejamiento de una democracia que se dice pero que no se hace. Y como se trata de medir una ausencia, no se mide. Y como no se mide, los científicos sociales concluyen que no existe.

En una encuesta a estudiantes sobre el último libro de ciencia política que habían leído, una alumna contestó: El principito de Maquiavelo. Sabemos emocionarnos con Saint Exupéry. Sabemos mirar con recelo las recetas del florentino al príncipe para ganar o retener el poder. Pero cuando una cosa enmascara a la otra, sonreímos si es inocuo o debemos alertarnos cuando supone una amenaza. Repito: aquellos aspectos que señala el PNUD como logros de logros en América Latina en la última década, fueron denostados como populistas, demagógicos o, con esas categorías que funcionan como balas, como propios de Estados canallas.

Quizá, señoras y señores, la idea central que traigo a este foro de Naciones Unidas tiene que ver con el convencimiento de que la democracia no es consenso sino, muy al contrario, un producto del conflicto. Politizar es inyectar disconformidad, disidencia, alternativa; despolitizar, por el contrario, es negar el conflicto. Todo aquello de lo que hoy nos enorgullecemos en nuestras sociedades es producto del conflicto social de una ciudadanía consciente y organizada. Todo aquello que se está perdiendo, haciendo de nuestras sociedades, como dice Santos, democracias de baja intensidad, tiene que ver con la negación del conflicto, con la exigencia de un diálogo que, como punto de partida, niega las posibilidades reales del diálogo al cercenar los ámbitos de discusión.

Si bien es sensato construir “consensos de gobierno”, esto sólo es posible asumiendo su correlato de conflicto social con los que, históricamente –y noten que es un problema empírico, no teórico- han frenado el desarrollo de la inclusión democrática.

Vimos que derechos civiles, políticos, sociales e identitarios son producto de protestas y, más aún, de revoluciones que sólo la distancia dulcifica. Lo más vinculado a la idea de justicia de los ordenamientos constitucionales y de la propia Carta de Naciones Unidas tiene que ver con el antifascismo y la derrota de las potencias del eje. De la misma manera, la discusión sobre el futuro de nuestra democracia, dará vueltas y vueltas sin moverse del sitio mientras no entienda que hay un enemigo incompatible con la democracia. Me refiero al paradigma neoliberal, que, recordemos, no nació, como el liberalismo, para enfrentar el feudalismo y su correlato del vasallaje, sino que su objetivo, como señalaron Friedrich Hayek o Milton Friedman, era el Estado social.

La propuesta neoliberal de privatización, desregulación laboral y liberalización, subvirtió derechos y garantías adquiridas en todos los órdenes y se erigió como el enemigo por excelencia de la democracia. El neoliberalismo, victorioso, recuperaba todos los viejos enemigos antaño derrotados por la democracia: el aristocratismo, regresado en esa suerte de cámara alta que son los mercados y las finanzas, el privilegio, reconstituido como capacidad de decidir o incidir en las decisiones que reconstruyen privilegios fiscales, legales o laborales; el autoritarismo, naturalizado en su vinculación al complejo militar industrial y armamentístico o a la creciente militarización de las policías; o la explotación directa o indirecta ligada al aumento de desempleo, del empleo precario y de las jornadas laborales junto a descensos salariales y dificultades para acceder a jubilaciones dignas.

La reconstrucción de la democracia necesita clarificar su enemigo, que hoy, repito, es principalmente el neoliberalismo. No puede Naciones Unidas afirmar la bondad de los avances democráticos medidos en elecciones, aumento de la seguridad o de la libre expresión si no asume que esos tres ámbitos se ven privatizados por los intereses defendidos en un Consenso de Washington al que se declara muerto pero que goza de una extrema buena salud, quizá no como Consenso, pero sí como Washington.

Buena parte de los discursos clásicos sobre la democracia son discursos fúnebres en honor de los caídos en defensa de la soberanía (esto es, el autogobierno), la libertad y la justicia. Al Discurso de Pericles en Atenas, de Lincoln en Gettysburg, del sucesor de Toussaint de Lovertoure proclamando la independencia de Haití, de los Libertadores americanos después de cada batalla, de Simón Bolívar ante la ciudadanía combatiente o los políticos apáticos, hay que sumar hoy los discursos de los Presidentes de la América Latina en pie en el Mar del Plata frenando ilegítimos tratados de libre comercio, sumar a los pueblos gritando democracia para defender a sus legítimos gobernantes amenazados por los defensores históricos del privilegio, traer las proclamaciones audaces dictadas en esta misma sede de Nacioens Unidas o las intenciones que incorporan las proclamaciones de las nuevas constituciones que inauguran un auténtico contrato social con los antaño excluidos.

En las denuncias de la incompatibilidad entre la democracia y los dictados del FMI o el Banco Mundial se está dejando claro que el discurso del fin de la política es una excusa del dinero para definir en solitario la política. En el “buen vivir” ecuatoriana, en la defensa de la Pachamana boliviana, en el “inventamos o erramos” venezolano que genera las misiones y las comunas, hay más inventiva democrática que en los envejecidos discursos de la academia y en los agotados recitales de las instancias internacionales al servicio de la plutocracia que, regresando una vez más a nuestros clásicos, ya denunciara Aristóteles.

Si repetimos que la solución es la participación ¿dónde están en nuestras propuestas los presupuestos participativos, el empoderamiento popular, los movimientos sociales con capacidad ejecutiva, los revocatorios de los mandatos públicos, la postulación de políticas públicas participadas popularmente, la defensa de una democracia deliberativa sobre la base de medios de comunicación alternativos, la apuesta por formas de democracia social, la democracia en las empresas, las fábricas, los comercios?

LA DISCUSIÓN SOBRE LAS PALABRAS

Cuando le preguntaron a Miguel de Unamuno si creía en la existencia de Dios, contestó: “dígame qué entiende por creer, por existir y por Dios y le contesto”.

Habría un consenso mínimo en que la democracia es una forma de organización que tiene como principios el autogobierno, la justicia y la libertad. Estos tres principios tienen como resultado la inclusión en los beneficios de la vida en sociedad, así como las responsabilidades recíprocas que esa vida reclama. De ahí la fuerza que aún guarda el Discurso de Lincoln en Gettysburg al afirmar que la democracia “es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Legitimidad de origen, legitimidad de ejercicio y legitimidad de resultados. La soberanía emana del pueblo, no de ningún dios, de ningún rey ni de ningún sabio, de ningún grupo de sabios o estrategas (y aquí están incluidos los politólogos y el resto de los científicos sociales). Es el pueblo el que se gobierna a sí mismo de manera directa o, en forma consentida, a través de representantes con capacidad para mantener una relación de identidad o de satisfacción de intereses con el pueblo representado. La democracia deja de serlo, por último, si el resultado de esa fórmula de autogobierno y de garantía de libertad no reparte de manera inclusiva las ventajas de la vida social.

Sin embargo, la evolución de lo que pueda ser una democracia se ha ido vaciando de contenido, de manera que nunca ha habido más países formalmente democráticos y, al tiempo, nunca la democracia ha estado tan vacía de contenido real. Tanto en los resultados como en el ejercicio, pues cada vez hay menos aspecto de la vida social sobre los que la ciudadanía es interrogada. Si una de las preguntas esenciales de la ciencia política actual es ¿sobre qué aspectos de la vida social soy consultado?, podemos afirmar que la lista se ha reducido considerablemente, al caer buena parte de las definiciones de la política económica en una suerte de factum divino definido desde una morada extraña donde habitan los mercados y los dioses.

Este vaciamiento de los nombres se construye en una esfera pública donde los medios de comunicación, en realidad empresas de medios de comunicación, han mercantilizado la información, hurtando su condición de bien público, al tiempo que han confundido la libertad de expresión –un derecho de la ciudadanía- hasta presentarlo como un derecho propio y autoregulado. La influencia de los medios de comunicación y su vinculación con los mercados –al punto que los partidos políticos se convierten en rehenes de ese cártel- hace imposible asumir la existencia de una auténtica democracia.

No se trata de un resultado azaroso. Los medios de comunicación, en realidad, como decimos, empresas de medios de comunicación, han operado perversamente en esta dirección. Desde el nacimiento de la Trilateral en 1973, y más en concreto a partir de 1975, los responsables de esa suerte de gobierno mundial en la sombra -retomando una expresión usada por el que fuera asesor de Salvador Allende, mi compatriota Joan Garcés-, establecieron que el exceso de democracia, junto a la información libre y una participación por encima del nivel de institucionalización, eran responsables de lo que llamaron “crisis de la democracia”.

Desde ese momento, los medios son, quizá, el principal actor político en las sociedades contenidas, pues tiene capacidad de doblegar a los partidos, ensalzar o hundir candidatos, direccionar a la opinión pública, perfilar sus contornos a través de encuestas, preparar guerras, ocultar información, cambiar consejos de administración, adjudicar rating de audiencia, ubicar publicidad u ocultar otra, en definitiva, hurtar la creación de una esfera pública deliberativa que es condición sine qua non de un juego democrático basado en la alternancia de opciones que se conocen.

Por su parte, la academia hizo su parte, y, además de expulsar de los currículum cuestiones vinculadas a la teoría política, redujo la discusión acerca de la democracia a cuestiones electorales, toda vez que las llamadas “escalas” (esto es, el hecho de que las ciudades actuales con millones de personas excederían el tamaño de la polis griega) harían necesaria la representación e imposible la participación e, incluso, la deliberación. En cualquier caso, ese no era el problema de fondo, y sí más el hacer del modelo de democracia liberal representativa no ya el hegemónico, sino el único. Si el problema fuera de escalas, no se explicaría la oposición férrea que se despierta ante los casos de democracia participativa que se intentan en otros lugares, similar al encono que despiertan el uso de formas de trueque, sistemas de intercambio nacional o internacional alternativos, monedas comunales, medios de comunicación comunitarios o ligados a movimientos sociales, etc. Si fuera un problema técnico, bastaría dejarlos hundirse y no mostrar tanta disposición a determinar su hundimiento. Tanto encono, señoras y señores, no deja de ser una señal de la firme voluntad de que no emerjan las alternativas.

Recientemente, el premio Nobel Joseph Stiglitz señalaba la falta de consistencia empírica de los principales axiomas neoliberales: primero crecer y luego repartir; rebajar impuestos a los ricos como medida económicamente eficiente; vender el patrimonio público; abrir las fronteras; mantener enormes reservas de divisas; no incurrir en déficit público pese a elevadas cifras de desempleo, etc. Como quiera que la ciudadanía no es asidua lectora de libros de economía, corresponde a los medios la responsabilidad de haber construido eso que se llamó “pensamiento único”, esto es, un grupo de recetas fuera de las cuales sólo existía la tiniebla de quienes no entendían de economía. El llamado “Consenso de Washington” expresó su canon. Los medios lo convirtieron en “único”.

Igualmente, vemos ahora mismo imágenes estremecedoras de mujeres que sufren castigos antiguos, pero esas imágenes no son gratuitas pues coinciden en el tiempo con tambores de guerra sonando en Oriente próximo. Millones de mujeres son lapidadas en el mundo por el hambre, la esclavitud sexual, la enfermedad o por las consecuencias de realizar abortos ilegales, pudiendo establecerse vinculaciones férreas entre el comportamiento de los que reclaman el recurso a la guerra para defender a las mujeres, y el sufrimiento de millones de mujeres y niños en el mundo. Patentes médicas, especulaciones en bolsa con el precio de bienes de primera necesidad, bloqueos, esquilmación de los recursos naturales, robo de los saberes ancestrales…concentran a un mismo tipo de víctimas y de victimarios. Recordemos igualmente que las guerras suelen ser un negocio para los que las instigan. Y otro tanto podemos afirmar respecto a las armas de destrucción masiva que generaron el genocidio de Irak. No es posible pensar la democracia con semejante ruido de fondo.

En el caso señalado, como en lo que ocurre en la actualidad en países azotados por el narcotráfico, la conmoción anula la reflexión, la conciencia no crece, el miedo deja paso a respuestas securitarias y el entendimiento se retira. Y otro tanto es válido cuando vemos magnificado el caso triste de un preso en huelga de hambre, al tiempo que observamos cómo se silencian las huelgas de hambre de indios mapuches, de mineros o de sindicalistas, decenas de personas en huelga de hambre, que son hurtadas a la opinión pública, sin olvidar los millones de personas en hambre forzada que no provocan tantas riadas de tinta.

La academia tiene que revisar sus conceptos, y entender que el discurso sobre la modernización desarraigó a los pueblos del Sur y los sometió al modelo de valorización del Norte; que el discurso sobre las transiciones a la democracia se hizo sobre la ausencia de participación popular y la renuncia a las reparaciones (valga el ejemplo de la democracia española, presentada como ejemplar, y a la que no le importó llamarse así pese a asentarse sobre 130.000 cadáveres de demócratas asesinados y asesinadas por la dictadura de Franco, una vez derrotado el ejército republicano, y que aún hoy, siguen en cunetas, campos y caminos; junto a cosas parecidas que podíamos decir de Indonesia, Brasil, Chile, Guatemala, El Salvador, Colombia, etc.); debe la ciencia política entender que la gobernabilidad puso la sospecha en la arena popular en un momento donde la crisis de legitimidad ponía la responsabilidad en el lado de los gobiernos, al igual que la gobernanza, más cerca de la plutocracia que de la democracia, que niega el conflicto y aboga por un entendimiento entre víctimas y verdugos en un momento de la humanidad en donde nunca las desigualdades fueron tan grandes.

La teoría política democrática tiene grandes retos ante sí. Una democracia que corriera con los tiempos podría atreverse a presentar el consumo que excede al que permite el propio territorio como una invasión a otro país, reservándole el mismo trato que el de una guerra de conquista. Si un Estado que tiene el 5% de la población mundial es responsable del 25% de la emisión de CO2 ¿no está ese exceso poniendo una suerte de bota militar ecológica sobre otros países?

La teoría democrática puede pensar en nuevos indicadores que incorporen nuevas miradas para salir de su parálisis. Indicadores verdes que incorporen los gastos ecológicos. Indicadores rojos que muestren el daño de la explotación. Indicadores violentas que midan el compromiso con la igualdad. Indicadores amarillos que ayuden a mantener el patrimonio cultural de los países. Indicadores blancos o azules que pongan un precio de referencia a la producción de mercaderías que están detrás de las guerras, de la violencia, de la extorsión. Recuperaría así la ciencia social una presencia y un prestigio que hoy no tiene, y sería más fácil ver a politólogos acompañando a movimientos sociales que asesorando a estructuras de decisión incapaces de generar cambios. ¿Se atreve el pensamiento social a devolver a a sociedad el esfuerzo que ésta hace para que nos dediquemos a nuestra labor?

Una nueva definición de democracia que entienda que hay un nuevo demos, un nuevo pueblo, debido a las migraciones: que explique que todo el que vive en un lugar debe ser considerado de ese lugar. Porque, de lo contrario, en nombre de la democracia se estaría excluyendo, como hizo la Grecia clásica con los esclavos, a parte importante de los que sostienen laboralmente a los países. E igualmente reflexionar que hay un demos en el futuro, con derechos pero sin deberes, que son las nuevas generaciones, lo que obliga a incorporar al nuevo demos a la naturaleza y hace de la idea de decrecimiento, especialmente en el Norte, una idea sin la cual ya no es posible pensar la democracia.

En definitiva, hay elementos en la discusión sobre la democracia que estaban atascados en la teoría pero que han sido resueltos en la práctica. Si se quiere entender el posicionamiento de pueblos conscientes sobre la democracia, hay que incorporar como variables duras de su análisis elementos empíricos tales como el colonialismo, el imperialismo, la subordinación de las mujeres como ciudadanas de segunda clase, las empresas de medios de comunicación, la crisis ecológica y la sumisión de los aparatos judiciales a un modelo periclitado de democracia. Un ejemplo claro de esta contradicción la hemos visto en Honduras, donde un gobierno legítimo aún está esperando su regreso al poder. Esa estrategia nace de los enemigos de la democracia, forma parte de una estrategia de uso interesado de los aparatos judiciales o parlamentarios cuyo fin es lograr por medios diferentes a los electorales la derrota de gobiernos que están intentando modelos alternativos. Intentos similares en Venezuela y otros países de la zona estarían dentro de este apartado y obliga a la teoría política a ponerse al lado de los gobiernos constitucionales o de los subterfugios pseudolegales. Cuidado con esa supuesta objetividad académica que se cree justa y ecuánime porque reparte la mitad de la culpa para Hitler y la otra mitad para los judíos.

La democracia sólo puede entenderse como inclusión en los cuatro principales ámbitos de lo social: el económico, el político, el normativo-jurídico y el cultural. Y podemos hablar de autogobierno cuando las decisiones tomadas en nombre del pueblo reflejan las preferencias del pueblo tomadas de manera libre e informada. Un pueblo está empoderado cuando está incluido y esa inclusión genera derechos y responsabilidades.

Una vez más regresamos a la educación y a la información. El fin de la educación no es crear ni clientes ni productores, sino ciudadanos conscientes que generen, como garantía de avance en la emancipación, problemas constantes de gobernabilidad. Así avanza la democracia. Por eso es igualmente relevante la memoria de los pueblos. Los esfuerzos de los pueblos más exitosos se plasman en las instituciones que, por eso, tienen su objetivo en el bien común. Si esas presiones sociales exitosas se ignoran, se pierde la experiencia, se pueden perder fórmulas adecuadas para el interés general y se cae, en el mejor de los casos, en el ensayo y error. La ocultación de la memoria va contra la democracia, y su tergiversación en libros, periódicos, noticieros, películas o juegos informáticos es un atentado contra la democracia.

ALGUNAS CONCLUSIONES

Ya lo planteó Polanyi: la economía de mercado genera una sociedad de mercado. La economía está empotrada en lo social, y su separación, convertida en una variable independiente, es un delito contra la democracia. Si el acceso a los bienes básicos, alimento, vivienda, sanidad, educación, cultura, trabajo, quedan fuera del ámbito político electoral, el resultado debe ser necesariamente la desconfianza ciudadana por la política. Como plantea Chomsky, cuando has decidido que la elección del rey se eche a cara o cruz, ya te da lo mismo que la moneda esté trucada.

Hay que entender que en las nuevas formas de democracia participativa hay cosas que, aunque no se puedan medir, existen. Al participar se sabe uno parte de la construcción de las bases comunes de una sociedad. En la participación se nutre la idea de reciprocidad y de corresponsabilidad. En la participación -que no puede reducirse, a riesgo de quedarse en nada, al acto mediado de votar- se está construyendo sentido. Un nuevo sentido que no puede medirse en criterios mercantiles. Por eso los pueblos sumidos en procesos participativos hacen de la alegría un elemento central: saben que están en un camino muy fecundo.

Los esfuerzos no basados en la competencia sino en la complementariedad, rompen la falta de evidencia de la que se quejan los científicos sociales, politólogos, sociólogos, economistas: son posibles y útiles. Alguien tendrá que explicar, más allá de las insuficiencias, cómo un pequeño país como Cuba lidera el apoyo médico en el Pakistán o el Haití desolados por los terremotos y las riadas, y aún tiene músculo para ayudar a Venezuela en su voluntad de llevar médicos a los cerros pobres donde una medicina mercantilizada no quiere subir porque no lo ve rentable.

La lucha por los Objetivos del Milenio que no avance, necesariamente retrocede. Retrocede porque las opiniones públicas pierden interés ante la falta de avances y la dejación de las autoridades, porque el tiempo siempre desgasta, y más cuando no pasa nada, porque la ausencia de logros desmoraliza, porque la naturalización del fracaso invita a la resignación.

Nos encontraremos con Maquiavelo, como le decía a su amigo Francesco de Vettore, en un sitio diferente al cielo plácido, y allí seguiremos hablando con él. Pero en la reconstrucción de la democracia, es momento de escuchar al pequeño príncipe republicano de Saint Exupéry, cuando afirmaba: “Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo. Evoca primero en los hombres y mujeres el anhelo del mar”. Es por eso que la discusión sobre la democracia, no está ahora tanto en cuestiones técnicas como en discusiones ideológicas.

Necesitamos saber que el dragón puede ser derrotado. Hay que salir de la jaula donde no hay escapatoria. De lo contrario, a lo más que anhelaremos es a que sus llamas quemen a otros antes que a nosotros. Mala estrategia que, a lo sumo, retrasa la suerte individual al tiempo que construye el suicidio colectivo. La democracia tiene que identificar a sus auténticos enemigos.

Estamos en Naciones Unidas. Señoras y señores, para que no huela azufre, hay que limpiar. Y para limpiar, como bien saben los pueblos, hay que empezar por abrir las ventanas.

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