Pensiones e imposiciones.

Los mercados son insaciables e impacientes. No había terminado la tramitación parlamentaria de la reforma laboral y sus voceros ya pedían acometer la de las pensiones. Nada de demoras en cuanto a esa otra pieza del ajuste. Ahí están las declaraciones del gobernador del Banco de España, con las que además hace patente su estado de gracia después de la reforma a su medida de la Ley de Cajas.

El economista M. A. Fernández Ordóñez, de quien no hace tanto se decía en las alturas del PSOE que podía dedicarse a controlar mejor el sistema financiero español en vez de a impartir doctrina, campa por un escenario donde la economía manda. Tras animar a los empresarios a hacer contratos con despido más barato –para eso la reforma laboral- y tras recomendar -¡qué casualidad!- que no haya tasas sobre beneficios bancarios, porque lastrarán la concesión de créditos, urge a cambiar el sistema de pensiones. Las propuestas son: aumentar de 15 a 20 años el tiempo de cotización para calcular la pensión de cada trabajador –¿mera sugerencia de un ministro en trance de despedida, como dijo la vicepresidenta económica?- e incrementar de 65 a 67 años la edad obligatoria de jubilación –¿también mera sugerencia, esta vez de la citada vicepresidenta, en trance de permanecer?-. Abaratado el despido, se va a una mengua de las pensiones aduciendo, según previsiones demográficas, la sostenibilidad del sistema.

Cierto es que hay que abordar responsablemente el envejecimiento de la población y tomar medidas para garantizar la solvencia futura del sistema público de pensiones. ¿Pero hay que hacer ambas cosas como se anda diciendo, con prisas avivadas por diagnósticos de improviso alarmistas, cuando se confiesa, como ha hecho el presidente Zapatero, que ello no es cuestión que incida directamente en la salida de esta crisis, salvo por lo que supone de gesto ante mercados desconfiados?

Mucho hay que debatir, con sosiego y buen criterio. Éste empieza por refutar a los que Paul Krugman, en un artículo reciente, considera fraudulentos artífices de una “contabilidad de mala fe” para justificar menos prestaciones y más edad para jubilarse. Se refiere a los EEUU, pero su análisis es trasladable a acá, con rigor y atención a los datos de nuestra realidad. El caso es que el Nobel norteamericano critica a los “asaltantes de la seguridad social”, especialistas en atacar a los trabajadores. Desde luego pasan por alto las desiguales repercusiones, según clases sociales, de la jubilación a los 67 años. Presentan como ideas científicas lo que es pura ideología –neoliberal, por si alguien no lo tiene claro-. A la vista está que hay planteamientos sobre pensiones que son imposiciones –de los mercados, por si alguien no se ha enterado-.

José A. Pérez Tapias – Granada Hoy


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